Partos violentos

Mujer en un parto, cargando a su bebé.
06/03/2020
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Por: Allison B. Wolf, profesora de la Facultad de Ciencias Sociales

Según un estudio de la Revista Colombia de Psiquiatría en 2019, alrededor del 57 por ciento de las mujeres en Colombia sufren de depresión posparto. Más asombroso es que cada vez más madres primerizas estén sufriendo algo aún más grave: trastorno de estrés postraumático (TEPT), que resulta directamente del parto.

De hecho, investigaciones de Sharon Dekel, psiquiatra de la Facultad de Medicina en la Universidad de Harvard calculan que alrededor del 25 por ciento de las mujeres en el mundo padecen síntomas de la enfermedad después del parto y un 17,2 por ciento del trastorno, según la Universidad de Shahid Beheshti ¿Por qué está pasando esto?

Hay muchas hipótesis planteadas para explicar este fenómeno: carencia de apoyo social o económico posparto para la madre primeriza, incapacidad para amamantar, problemas con la salud del bebé o falta del control sobre el proceso del parto. Yo no niego ninguno de estos factores, pero creo que esta lista está incompleta. Hay por lo menos otro factor que no estamos reconociendo: el proceso por el cual para la mayoría de las mujeres parir es violento: el parto medicalizado.

Cuando pensamos en la violencia, no solemos asociarla con el parto. En general, la “violencia” está asociada con la guerra, el asesinato, el abuso emocional y físico, y cosas parecidas, no con la llegada de un alma nueva al mundo.

Por ende, a la gente le cuesta mucho asociar el parto con un trastorno generalmente relacionado con excombatientes de guerras o víctimas de acoso sexual o secuestro. Pero esa visión hace que muchas mujeres sufran en silencio, sin ayuda, con mucha confusión y vergüenza. Aún peor, esos estereotipos acerca del trastorno de estrés postraumático y del parto oscurecen una causa del problema: la violencia que sí existe en el parto medicalizado.

Primero, hay que establecer que violencia física y emocional ocurren con frecuencia en el parto medicalizado (es decir, parto que ocurre en el hospital, atendido por médicos obstetras, con medicamentos, monitores, e intervenciones). A pesar de que muchos países en América Latina han aprobado leyes en contra de la violencia obstétrica, esta sigue siendo un problema generalizado en la región y en el mundo.

Por ejemplo, los médicos gritan a las mujeres de manera abusiva, no obtienen consentimiento informado antes de actuar, realizan procedimientos, como episiotomías, cuando las mujeres explícitamente se han negado a ellos, esterilizan a las mujeres sin avisarles, se rehúsan a dar medicamentos para controlar el dolor a mujeres pobres y minorías, y mucho más.

Incluso cuando los abusos no son evidentes, un estudio de mujeres en Estados Unidos, “Escuchando Madres,” encontró que “un número significativo de mujeres sintieron presión del personal de atención médica para acceder a una intervención que no querían”. Así pues, hay muchas formas explícitas de violencia en el parto medicalizado.

Segundo, el sistema del parto medicalizado es violento en sí mismo o, por lo menos, provoca trauma en maneras parecidas a los ataques explícitos. Es decir, la violencia también se manifiesta en prácticas normales y rutinarias del sistema del parto medicalizado en formas que atacan y borran la humanidad de la mujer. El problema es que es difícil detectarlo porque ese sistema ya está identificado como el “parto normal” y no como algo que deberíamos investigar.

 
Imagen de la barriga de una mujer embarazada

 
El sistema del parto medicalizado es violento en sí mismo o, por lo menos, provoca trauma en maneras parecidas
Allison Brooke
Profesora
La mayoría asocia el parto con hospitales, médicos obstetras, monitoreo fetal, anestesias epidurales, pitocín, y otras intervenciones técnicas. No nos parece muy raro que una mujer dé a luz después de ser inducida, y muchos definen un “parto natural” como un parto sin cesárea, sin tener en cuenta si involucró otro tipo de intervenciones. Entonces, no se piensa generalmente que algo “normal” pueda ser “violento.”

El asunto, sin embargo, es que no debería ser así; esa manera de parir es muy reciente y no hay nada “normal” ni “natural” en el proceso. Hasta hace muy poco, la mayoría de mujeres parieron con una partera, con las mujeres de su familia a su alrededor y en su propio hogar. Era un proceso de apoyo, parte del ciclo vital, e identificador, que conectaba a la mujer con las generaciones de mujeres que la precedieron.

Y, a pesar de las afirmaciones de la comunidad obstétrica, esa manera más tradicional de parir no era peligrosa, ni fue la causa de la mayoría de las muertes en el parto (estas eran causadas por falta de prácticas higiénicas y por la poca disponibilidad de antibióticos y medicinas para controlar el sangrado). Claro, en el 10, 15 por ciento de los casos, la mujer necesita intervención obstétrica (y qué dicha que la tenga), pero, en la gran mayoría de los casos, las mujeres pueden parir de esta manera más tradicional.

El problema es que el sistema del parto medicalizado no es capaz de proveer esa experiencia. Cuando investigamos el sistema del parto medicalizado, descubrimos que está construido para dar a los médicos más control del proceso y reducir a las mujeres a meros cuerpos.

Esto no tiene que ser interpretado en términos siniestros: mientras que algunos lo describen así, también podemos reconocer que los médicos obstetras buscan una manera para atender una cantidad alta de mujeres a la vez, preservando su salud y construyendo un sistema de atención en serie. Pero, como resultado, el sistema reduce el parto a un medio para producir una bebé y, en el proceso, se perpetúa la violencia en contra de la mujer como ser humano.

El problema es que muchas mujeres se quedan con la idea, las expectativas y las esperanzas de tener una experiencia más tradicional como la que describí anteriormente. Para ellas, el proceso de traer una vida a este mundo todavía es (o debe ser) significativo, parte del ciclo vital, y un hecho que lleva a la mujer a una posición nueva en la comunidad. Y, el parto medicalizado no puede acomodar esos deseos porque está construido para satisfacer las necesidades del médico, no las de la mujer.

Peor aún, el sistema y sus prácticas impiden a las mujeres realizar esos objetivos en el parto: no hay espacio para rituales, las mujeres no tienen la tranquilidad o el tiempo para que el proceso proceda de esa manera. En cambio, el sistema reduce a la mujer a cualquier otra mujer, que tiene que cumplir los pasos del trabajo de parto en un tiempo predeterminado, y en las posiciones y maneras que sean convenientes para el equipo médico.

Y, en el proceso, la mujer está enajenada de sí misma; ya no es la mujer que pensó que era – capaz, inteligente, empoderada – sino solo una máquina para producir otro ser que no tiene valor en sí misma. Así, entonces, los procesos deshumanizan a las mujeres y atacan su autoconcepción como miembro de la comunidad. Y, de esta manera, las mujeres experimentan el parto de forma violenta y traumática y, por ende, padecen de trastorno de estrés postraumático. En otras palabras, aunque no parece violento, y, de hecho, parece normal, parir en el contexto médico es una forma violenta de parir que produce trastorno de estrés postraumático.
 
Ahora bien, confieso que muchas mujeres están satisfechas con sus experiencias del parto. Para algunas, el parto medicalizado les da confort y seguridad. Pero cuando el 25 por ciento de las mujeres sufren trauma por el mismo evento tenemos que investigarlo de forma sistemática y no solo buscar individuos aleatoriamente para explicar lo que está pasando. Parte de ese esfuerzo es identificar la violencia obstétrica en nuestros sistemas de parto y solucionarla.
 
Espero que estas palabras nos ayuden a empezar esta investigación para que todas las mujeres pueden parir en una manera humana y sana, como lo desean.

Imagen de una sala de parto con un grupo de médicos y una mujer dando a luz


 

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