Retos de la reincorporación civil de mujeres

Mujer de las Farc con fusil

Una mujer miembro de las Farc en una de las recientemente establecidas zonas de concentración / A female Farc member at one of the recently established concentration zones (© 2017 Camille Boutron)

16/03/2017
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Por: Camille Boutron
           Diana Gómez Correal
       Profesoras del Centro Intedisciplinario de Estudios sobre Desarrollo (Cider)

El primero de marzo pasado las Farc-EP iniciaron el proceso de desarme. Desde las zonas veredales donde se han concentrado desde el pasado mes de diciembre, las y los futuros excombatientes se están preparando para la reincorporación a la vida civil. Mientras que algunas y algunos se dedican a estudiar para terminar su bachillerato, y de esa manera acceder a programas de educación superior, otro-as siguen cursos en temas como comunicación y manejo de redes sociales, nutrición animal y enfermería. 

Por otro lado, las Farc-EP también se están alistando para su reconversión política, capacitando y organizando a sus integrantes que podrán movilizarse por fuera de las zonas de concentración para llevar a cabo actividades de pedagogía de paz como parte de una primera etapa de su trabajo político. De hecho, si bien las Farc-EP aceptaron dejar las armas y la acción subversiva, esto no significa que su accionar político se detenga, sino que por el contrario avanzaran por nuevos caminos que incluyen, entre otros aspectos, la creación de su partido político. La reincorporación de sus integrantes a la vida civil tiene entonces tanto dimensiones sociales y humanas, como políticas, en la medida en que se espera que la construcción de paz permita la emergencia de nuevas figuras, discursos y propuestas. 

Se dice de manera general que las mujeres representan un 40 % de la militancia de las Farc-EP. Si bien esa cifra aún es difícil de confirmar, parece razonable decir que esta guerrilla se presenta como una organización mixta donde la presencia de las mujeres puede ser observada en sus distintos escalones jerárquicos, aunque la dirigencia siga siendo claramente masculina. Según cuentan algunos mandos que hacen parte de la organización desde los años setenta, las mujeres efectivamente empezaron a ingresar de manera significativa a partir de la década de los ochenta, mientras que muchas otras se juntaron durante las negociaciones de San Vicente de Caguán (1998-2002). Si bien unas cuantas mujeres hicieron partes de las comisiones de trabajo que se formaron en ese proceso de paz, no hicieron parte de los delegados de la guerrilla al equipo negociador. 

Esa configuración de género cambió con el proceso de La Habana. Las mujeres de hecho han participado activamente en las actividades desarrolladas por la delegación de las FARC-EP, ya sea como negociadoras, asesoras, periodistas o comunicadoras. Pero es probablemente la instalación de la Sub-Comisión de Género en septiembre de 2014 lo que más ilustra la creciente importancia que se dio a las mujeres, sus realidades y propuestas en el marco de estas negociaciones. 

La Sub-Comisión, compuesta por cinco representantes del Gobierno y cinco de la guerrilla, ha representado en efecto una oportunidad para las militantes de las Farc-EP para no solo ganar una gran visibilidad frente al resto del país y el mundo, sino también para poner a circular los debates sobre feminismo y cuestiones de género dentro de su propia organización, así como las propuestas que desde allí se deprenden para la construcción de paz y el proceso de reincorporación a la vida civil. Esto representa una evolución importante al interior de la guerrilla, pues, si bien los temas relacionados con la igualdad entre hombres y mujeres han podido hacer parte de los debates que se han llevado a cabo dentro de la organización guerrillera, su existencia previa parece no haber significado la construcción de espacios o mecanismos específicos para abordar las particularidades de las mujeres dentro de su estructura. 

Mientras que algunas guerrillas como Sendero Luminoso en Perú en los años 1980 y 1990 desarrollaron una ideología en la cual la cuestión de la emancipación femenina jugaba un rol central, no se puede decir que haya ocurrido lo mismo con las Farc-EP. La Sub-Comisión de Género, por lo tanto, surgida también por la presión de la sociedad civil y la influencia de la comunidad internacional, apareció entre otros asuntos como una oportunidad de crear un espacio de discusión sobre las experiencias específicas vividas por las mujeres en la guerrilla. Permitió la emergencia de lideresas y ‘expertas’ en temas de género al interior de las Farc-EP, cuyas actividades no cesaron con la firma del Acuerdo Final. Militantes como Victoria Sandino, de la Sub-Comisión de Género, siguen activas en el tema, participando en talleres, conversatorios y encuentros, tanto dentro de su propia organización como en el escenario público de construcción de paz. 

En febrero pasado se desarrolló un taller de género en la zona veredal de la Elvira, una de las 26 zonas de concentración, en el cual participaron militantes de la guerrilla así como expertas e invitadas internacionales. Esa iniciativa muestra de qué manera se puede observar la manera con la cual las cuestiones de género circulan entre las diferentes categorías de actores de la construcción de paz en Colombia, y cómo esa misma circulación participa de la evolución política e ideológica de una organización político-militar que no siempre había prestado atención al tema. 

Una cosa sin embargo son las militantes que tuvieron una participación concreta y directa en las negociaciones, y que se volvieron además especialistas y referentes del tema; y otra la realidad de las mujeres que pertenecen a las bases y que no necesariamente han participado activamente de los debates sobre los aportes de la perspectiva de género y los feminismos a la construcción de paz. La circulación amplia de las visiones sobre el feminismo y el género, así como de sus aportes y de las posibilidades que ha abierto para las mujeres de las Farc-EP al interior de la guerrilla, es uno de los grandes retos que enfrentan las guerrilleras en la etapa de implementación de los Acuerdos. Esto es de particular importancia, pues diversos estudios que tratan sobre la reinserción de las mujeres combatientes a la vida civil, muestran que éstas suelen confrontarse a muchas más barreras que los hombres. 

Las mujeres combatientes en efecto encarnan una doble transgresión: no solamente infringen la ley, sino que también rompen con los estereotipos tradicionales de género. En muchos casos se considera que, por haber sido incorporadas en un grupo armado, han sido promiscuas o víctimas de violencia sexual, lo cual ha representado en otros contextos un freno insuperable para organizarse en pareja, casarse y formar una familia. Adicionalmente, para las mujeres excombatientes regresar a la vida civil puede significar reencontrarse, a pesar de sus expectativas, con roles y tareas tradicionales asignadas a las mujeres.

Esto es resultado no solo de los anhelos de sus familias, sino también de las orientaciones de las propias instituciones estatales encargadas de las políticas y programas de reintegración a la vida civil de las excombatientes. Para ilustrar, en el caso colombiano, en las políticas y programas de reincorporación social y económica de ex combatientes, la perspectiva de género se aborda desde una visión muy tradicional y esencialista, considerando que la mujer desmovilizada “asume el compromiso de construir y promover el crecimiento de su familia” (Conpes 3554 de 2008). En otras palabras, las mujeres ex combatientes son reenviadas, reencausadas a cumplir con los roles tradicionales y reproductivos que las subordinan, al tiempo que se considera que sus capacidades para el mantenimiento de la paz consisten principalmente en impedir que sus parejas retomen las armas. 

De manera general la experiencia combatiente femenina sigue siendo considerada como un hecho excepcional y victimizante, y no como la consecuencia de las fricciones y disputas que se dan en las sociedades que experimentan situaciones de conflicto armado y que incluyen la dimensión de género. En marzo del año pasado, Jairo Tarazona, periodista de la Revista Semana, publicó un artículo supuestamente halagador (estábamos entonces a pocos días del 8 de marzo), sobre las diversas mujeres que participaban en la delegación de las Farc-EP en La Habana. Su artículo: “Del fusil a los tacones: las mujeres de las Farc en Cuba ”, no es más que un ejemplo de las representaciones dominantes que circulan en la sociedad sobre las excombatientes y los caminos posibles que tienen para tomar en medio de la construcción de paz. Este título parece inofensivo, no obstante, nos invita a preguntarnos para que dejarán el fusil las otras mujeres que no fueron visibles en La Habana, acaso, según los mandatos de una sociedad conservadora como la colombiana ¿para tomar las ollas? 

En tiempos en los cuales el feminismo y sus reivindicaciones se han convertido en un blanco concreto de posiciones extremas, fascistas y violentas, esperemos que la sociedad reciba a las excombatientes para darles la posibilidad de dejar el fusil por lo que las haga más plenas y les permita continuar con su consolidación como sujetas políticas de transformación fuera de la guerra. Para esto resulta vital que el Feminismo Insurgente que proponen integrantes de las Farc-EP como Victoria Sandino y Manuela Marín, permeen la vida cotidiana de las y los excombatientes, y que se ponga en diálogo con el resto de expresiones del movimiento de mujeres y feminista de Colombia y el mundo. 

 
 

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