Foto: Felipe Cazares.


El Consejo Académico de la Universidad de los Andes en su sesión No. 310-22 del 28 de julio de 2022, acordó nombrar a José Tiberio Hernández como profesor Honorario de la Universidad de los Andes.
 



Tiene la sonrisa blindada. Parece inquebrantable. 

Antes de empezar la entrevista, José Tiberio recorre los pasillos por los que dejó huella durante más de cuatro décadas. Entre oficinas, laboratorios y salones, saluda a diestra y siniestra. Una combinación de emociones emergen en el edificio Mario Laserna. Cada paso del ingeniero es interrumpido por abrazos, besos y una que otra palmada en la espalda.

En apenas un instante, la agenda del profesor del Departamento de Ingeniería de Sistemas y Computación queda repleta de invitaciones para tomarse un café.   

Es agosto de 2022. Es viernes y allí transitan los estudiantes de Ingeniería que entran y salen de clases. Después de 6 meses de jubilación, José Tiberio Hernández vuelve al campus para tomarse la foto oficial de su nombramiento como profesor Honorario de la Universidad de los Andes, un reconocimiento que se otorga a quienes por sus contribuciones académicas, o de otra naturaleza, le han aportado de manera sobresaliente al cumplimiento de la misión institucional. 

A las 9 en punto de la mañana comienza la grabación. Luego de 22 minutos de rodaje, se saca las gafas que le cuelgan del botón de la camisa blanca, se las pone, levanta la ceja y cambia de rol: "Me toca ponérmelas para poder responder —dice al fingir seriedad cuando se refiere a su legado en la Universidad—. Creo que sí contribuí a la visión moderna de la Facultad de Ingeniería y en ayudar a aprender a ser ingeniero. No a enseñar sino a ayudar y a aprender a ser ingeniero. Todo esto con un gran equipo, eso no se construye solo", recalca.     

El marco de sus gafas tiene un lente cuadrado y otro redondo. Parece un tipo 'deschavetado', pero seguramente las tiene así porque se ha propuesto ver las cosas de manera distinta. 

Aunque de niño le gustaban las matemáticas, al graduarse como bachiller dudó, como les sucede a muchos jóvenes, porque no tuvo inicialmente la claridad sobre qué carrera estudiar: “Un día llegó a mi casa un muchacho que acababa de hacer su maestría en Estados Unidos. Me habló sobre la computación […], predecía que eso 'iba a ser algo muy importante en el futuro'. Yo no sabía qué era esa vaina, pero me pareció interesante”, y aclara que no fue por esto que se decidió por la ingeniería de sistemas, pero que, sin duda, las palabras de aquel amigo le quedaron marcadas en la mente.

Rolo de nacimiento y de corazón bumangués, empezó sus estudios de sistemas en la Universidad Industrial de Santander (UIS), pero las rebeliones en la década de los 70 propiciaron la militarización y el cierre de esa institución. Entonces, uno de sus hermanos le aconsejó que se radicara en Bogotá.

Tenía 17 años y el 'calentano', como se autodenomina Tiberio, terminó congelado con el clima de la capital y convertido en primíparo de Los Andes, en el programa de Sistemas y Computación. Era 1973. "En esa época no era normal ver estudiantes de otras ciudades por acá". 

Recuerda con claridad, como si fuera ayer, que ese primer día tuvo clase de cálculo con un profesor de apellido Echeverry, y que fue en allí en donde conoció grandes amigos: José Rafael Toro, Álvaro Sánchez, Carlos Puente, José Alfredo Saldarriaga, Alicia Naranjo y Esperanza Ardila.
 
"Es un amigo leal, generoso y fuerte con el que he compartido por muchísimos años. Primero en el pregrado y luego en Francia", recuerda Víctor Toro, también profesor de la Facultad de Ingeniería.

Es evidente que José Tiberio es un 'pilo' para los números, pero también para echar cuentos. Es un 'profe' dicharachero.

Relata de manera anecdótica que durante su paso por la Universidad no todo fue estudio. Dispara una mirada pícara por encima de las gafas, frunce el ceño, para recordar que en el 76, junto con algunos de sus compañeros, hicieron huelga para evitar que despidieran a unos profesores: “Logramos parar la Universidad y protestar por lo que para nosotros era una persecución intelectual y, aunque finalmente los echaron, fue un momento muy importante para mí porque se estableció una relación con directivas, profesores y estudiantes a quienes, me incluyo, nos faltaba madurez política sobre todos los estamentos”, y vuelve a reír. 

Desde ese entonces presentía que Los Andes sería su casa, el lugar fantástico en el que viviría feliz entre ecuaciones, algoritmos, programación y muchos amigos.

De hecho, fue allí en donde hizo la Maestría en Sistemas y Computación, en donde también se desempeñó como asistente graduado en el centro de cómputo de la época y en donde tuvo el privilegio de elegir entre una beca en Estados Unidos o Francia. “Preferí hacer el doctorado en la Universidad Pierre y Marie Curie (Paris VI Francia) en el 79. Fueron cuatro años de muchas experiencias, de darme cuenta que uno no se las sabe todas y de establecer nuevas relaciones, entre ellas, mi actual esposa, médica pediatra”, recuerda el ingeniero sobre su paso por la ciudad luz, en donde también estudió el doctorado en Computación Aplicada de la Escuela Nacional Superior de Técnicas Avanzadas.

 

De izquierda a derecha: José Tiberio Hernández, María del Socorro (amiga) y José Abásolo, (su profesor en Francia) - 1979. Archivo particular.


Regresó a Colombia en 1983 y sin titubear un instante, impulsado por las ganas de enseñar, volvió a Los Andes, pero esta vez como profesor "junto con otros doctorcitos cero kilómetros como yo" dice él,  a aportarle a la ciencia de la informática desde el Departamento de Ingeniería de Sistemas y Computación: “En esa época llegó la primera generación de jóvenes profesores con doctorado con la ilusión de construir un departamento moderno, de investigación, con métodos de enseñanza distintos e innovadores”. 

Trabajó duro para alcanzar esa meta. Tanto que fue nombrado su director, vicedecano académico y, posteriormente, decano de la Facultad de Ingeniería, en donde propició un gran salto para la investigación como director del Centro de Computación Avanzada de Ingeniería MOX. "Dotamos al país con el primer centro de computación avanzada que contaba con varias supercomputadoras", cuenta el ingeniero.

En Los Andes se empeñó, además, por liderar iniciativas de impacto en analítica y en entrenamiento. Algunos de mayor impacto, por ejemplo, el seguimiento del programa Madre Canguro en jóvenes que fueron prematuros canguros, un estudio centrado en el desarrollo del cerebro que incluyó el análisis de imágenes diagnósticas; proyectos interdisciplinarios sobre problemas en sistemas urbanos con analítica de datos espacio-temporales para planeación. Su línea de investigación fue enfocada en la computación visual, estuvo al frente del proyecto de construcción del edificio Mario Laserna, en donde hoy es todo un rockstar, y apoyó la consolidación del programa educativo en colegios 'Pequeños científicos'.

"Nunca para de soñar y siempre me embarcó en sus ilusiones. Sueños, ilusiones y desorden es lo que me llega a la mente cuando me preguntan por José Tiberio", dice Harold Castro, su amigo y colega, de manera jocosa. 

Debe tener unos 62 o 63 años y, probablemente, su oficina seguirá siendo todo lo contrario a los algoritmos que descifra: alborotada. "Creo que seré recordado como un profesor cercano, amable, que no se las sabe todas, que comete errores, pero que sé decir: me equivoqué.  Y bueno sí, un poquito desordenado—reconoce—. Es que algunos ingenieros son rígidos y otros somos chéveres".

Vea este especial con imágenes del profesor José Tiberio Hernández:

Fotos: Dirección de Comunicaciones Estratégicas, Universidad de los Andes




 Debemos afianzar nuestras fortalezas en el desarrollo del conocimiento en ciencia, ingeniería y tecnología y su aplicación a nuestra realidad. Esto implica enfatizar en la docencia y en la investigación, así como en el quehacer cotidiano de una manera decidida para buscar impacto en el entorno, es decir, en los temas de innovación y emprendimiento. 


 
Escrito por:

Johanna Ortiz Rocha