Semillas de Apego protege a la niñez en Colombia

Semillas de Apego, Tumaco 2018

El programa se implementará en Tumaco, al menos hasta 2019, beneficiando a cerca de 700 familias y más de 900 niños y niñas entre los 2 y 5 años de edad.

 

Semillas de Apego, Tumaco 2018
Alrededor de 300 madres o cuidadores principales de San Andrés de Tumaco, en el pacífico colombiano, participaron en Semillas de Apego, en 2018.
Semillas de Apego, Tumaco 2018
El programa se implementará en Tumaco, al menos hasta 2019, beneficiando a cerca de 700 familias y más de 900 niños y niñas entre los 2 y 5 años de edad.
Semillas de Apego, Tumaco 2018
Semillas de Apego, Tumaco 2018
Semillas de Apego, Tumaco 2018
Semillas de Apego, Tumaco 2018
10/06/2019
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¿Cómo podemos superar los legados más profundos de la violencia y proteger a los niños y niñas del país de las consecuencias de la violencia? 

 
Por: Andrés Moya
Profesor de la Facultad de Econom
ía 
Ph. D. en Economía Agrícola y Recursos Naturales
de la Universidad de California

 

Setenta años de conflicto han logrado lo que es tal vez inimaginable: que nos hayamos acostumbrado a vivir en contextos de violencia y que seamos incapaces de ponernos en la piel de las personas que la han sufrido de manera más cercana. Esta falta de empatía es quizás un mecanismo de protección emocional ante las historias diarias de desplazamiento, asesinatos y otras violencias que aún hoy siguen ocurriendo. Pero también impide entender cómo esas violencias nos afectan como personas, como sociedad y como país y cómo dejan legados profundos que pueden impidir la construcción de una sociedad más pacífica y equitativa. 

Una de las consecuencias más profundas de la violencia, pero también de las más ignoradas, es el trauma psicológico. La exposición a la violencia tiene el potencial de generar diferentes afectaciones en salud mental como estrés complejo, síndrome de estrés postraumático, depresión mayor y ansiedad crónica, entre otras.  

Desafortunadamente, hablamos muy poco sobre cómo 70 años de conflicto han afectado psicológicamente a las víctimas, a las poblaciones que viven en medio de la violencia e incluso al resto de la población que ha sido testigo indirecto del conflicto pero que no ha sido inmune al mismo. De hecho, evitamos hablar sobre nuestra propia salud mental o la de nuestros familiares porque la sociedad lo ve con estigma y vergüenza, como si fuera un signo de debilidad y algo anormal; pero es todo lo contrario. Por ejemplo, 1 de cada 4 personas ha experimentado en algún momento de su vida alguna afectación en su salud mental. Así mismo, la depresión mayor afecta al 13 por ciento de la población mundial y es la principal causa de ausentimo laboral.




En el caso de las víctimas de la violencia, el trauma psicológico es una reacción emocional normal ante un evento traumático y anormal. Si bien hemos encontrado muchas historias de resiliencia en nuestro trabajo con víctimas de la violencia, también hemos encontrado una prevalencia alta de síntomas que están asociados con distintos trastornos psicológicos. Por ejemplo, en distintas investigaciones con personas desplazadas, hemos encontrado una prevalencia de síntomas de depresión mayor y ansiedad crónica de más del 30 por ciento. Estas cifras son 3 veces más altas que las del promedio nacional.

Hablar sobre las consecuencias psicológicas de la violencia no implica afirmar que la violencia trae consigo patologías o efectos que duran toda la vida. Tampoco implica hablar sobre debilidades y derrotas. Por el contrario, nos ayuda a visibilizar esas consecuencias profundas y aparentemente olvidadas de la violencia y empezar a romper el estigma y los tabúes. Además, nos ayuda a reconocer que los efectos de la violencia sobre la salud mental pueden tener consecuencias sobre nuestro comportamiento, nuestra capacidad de relacionarnos con los demás y nuestro potencial como personas. Esto es importante porque permite pensar en mejores programas y políticas para promover la salud mental en las víctimas de la violencia.

Las consecuencias psicológicas de la violencia pueden ser devastadoras si ocurren durante la primera infancia. Esto puede no ser tan evidente, incluso para las mismas familias que viven en entornos de violencia o que han sido victimizadas. De hecho, al iniciar nuestro trabajo con familias en comunidades que están en medio de la violencia, muchas expresan que afortunadamente sus niños y niñas son muy pequeños para entender o sentir la violencia. Pero en la práctica, ocurre todo lo contrario; los niños y niñas son quienes son más afectados por la violencia.




La primera infancia es la etapa más importante de la vida pues es el periodo de tiempo en el que se está desarrollando toda la arquitectura cerebral y en el cual dan los picos en el desarrollo de nuestras habilidades cognitivas y socioemocionales. Por esto mismo, es la etapa más vulnerable a las adversidades, como la violencia, y al estrés. El estrés tóxico generado por la violencia satura los mecanismos biológicos de respuesta frente al estrés, interrumpe el momento más crítico del desarrollo cerebral e impide el correcto desarrollo de habilidades. 

En otras palabras, la violencia durante la primera infancia puede tener efectos que perduran toda la vida. De hecho, la evidencia de un sin número de estudios encuentra que el estrés tóxico durante la primera infancia está asociado con menor capacidad de aprendizaje, mayor deserción escolar, mayores comportamientos riesgosos en la adolescencia, menores ingresos y empleo, y mayores problemas de salud en la adultez.

De nuevo, esto no implica que estemos hablando de patologías ni de una especie de condena. Pero es importante entender que las consecuencias de la violencia durante la primera infancia son un factor de riesgo latente y profundo que puede afectar a miles de niños en el país y comprometer su futuro. Los niños y niñas expuestos a la violencia, que nacen en hogares desplazados o en comunidades azotadas por la violencia tienen mayores obstáculos para su desarrollo y menos oportunidades para desarrollar todo su potencial a lo largo de la vida. 



Este panorama fue el que me motivó a mí y a Arturo Harker, de la Escuela de Gobierno, a identificar formas en las pudiéramos contribuir a proteger a los niños y niñas en comunidades expuestas a la violencia y romper ese legado de violencia, pobreza y exclusión. Con este norte en mente, a finales de 2013 nos acercamos a Alicia Lieberman y Vilma Reyes del Programa de Trauma Infantil de la Universidad de California en San Francisco quienes tienen una trayectoria sobresaliente en programas para mitigar el efecto negativo de las adversidades durante la primera infancia. 

Alicia, junto con su colega Patricia Van Horn, desarrolló el Child Parent Psychotherapy (CPP), un modelo de intervención para niños entre los 0 y 5 años de edad que se basa en la evidencia de que la construcción de vínculos afectivos seguros y saludables entre las madrs, padres o cuidadores principales y sus hijos e hijas protégé a los niños y niñas del estrés y de sus efectos negativos. La efectividad del CPP está soportada por la evidencia de distintos estudios de impacto en los Estados Unidos, los cuales fueron implementados en familias en su mayoría latinas y afroamericanas expuestas a entornos de violencia doméstica, migración, y áltos niveles de depresión.  Estos estudios dan cuenta de impactos positivos en la salud mental de las madres, en el vínculo afectivo, y la salud maternal y el desarrollo de sus hijos e hijas.



En 2014, bajo el liderazgo de Vilma y de Alicia y con el apoyo fundamental de un equipo local conformado por Blasina Niño, Yaneth Preciado y Ángela Bejarano, desarrollamos el currículo de Semillas de Apego, un programa de acompañamiento psicosocial grupal que busca proteger el desarrollo de la primera infancia en comunidades expuestas a la violencia. El currículo se desarrolló a partir de la experiencia exitosa de CPP, con adaptaciones claves para el contexto local y las características y necesidades de las comunidades expuestas a la violencia en el país.

Después de una prueba piloto en 2015 en Bogotá, en 2018 iniciamos la implementación y evaluación de impacto de Semillas de Apego en Tumaco en alianza con la Genesis Foundation y la Fundación Éxito y con financiación de Grand Challenges Canadá, Fundación FEMSA, Fundación Coca-Cola, y el colectivo Primero Lo Primero. La operación y evaluación del programa también se da gracias a un equipo fantástico de investigación que incluye a Andrés Molano, María José Torres, Daniel Pinzón, Fayber Acosta y Lina María Camperos; y a un equipo extraordinario de seis trabajadoras sociales tumaqueñas; Katerin Coral Espinosa, Linda Leidy Moya, Josefina Ortiz, Johana Patricia García, Marlin Yolima Vallecilla y Carolina Hernández.

Tumaco, la perla del pacífico, es un municipio increíble y privilegiado geográficamente. Pero su riqueza geográfica también ha sido su condena pues lo convierte en un lugar estratégico para los grupos armados ilegales. Como ha ocurrido en muchos otros municipios a lo largo del país, la población civil queda en el medio de las disputas por el poder territorial e incluso se convierte un instrumento de control territorial. En 2018, la tasa de homicidios en Tumaco ascendió a 116 homicidios por 100,000 habitantes, una de las tasas de homicidios más altas del país y más de 4 veces más alta que la del promedio nacional.  Además, para ese mismo año, Tumaco tuvo la mayor área de cultivos ilícitos del país.



Entre 2018 y 2019, estamos apoyando el proceso de 670 mamás en Tumaco y aproximadamente 1000 niños y niñas entre los 0 y 5 años de edad. Los resultados de este proyecto, que incluye un ejercicio de evaluación de impacto, nos permitirán identificar las fortalezas y debilidades del programa y realizar ajustes con miras a un posterior escalamiento a lo largo del Pacífico y a otras regiones del país. 

Semillas de Apego es nuestro aporte para empezar a sanar las heridas más profundas de la violencia, en las personas que la han vivido de manera más cercana. Con Semillas de Apego esperamos contribuir al diseño implementación de iniciativas que permitan reparar las consecuencias negativas del conflicto en el país y que le den la oportunidad a miles de niños víctimas de la violencia de desarrollar su pleno potencial, a pesar de los entornos adversos que enfrentaron en sus primeros años de vida.

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