Martin Luther King: el gran optimista de la historia

Imagen de Martin Luther King dando un discurso
Camilo Quintero, profesor del Departamento de Historia, vuelve al pasado para entender el enorme legado de este visionario. Foto: AFP
 
19/04/2018
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Camilo Quintero Toro
Profesor del Departamento de Historia
Facultad de Ciencias Sociales
Universidad de los Andes


Todos los semestres suelo hacerme la siguiente pregunta en el curso de historia de Estados Unidos: ¿cuál será la mejor manera de enseñar a Martin Luther King?  Mucho se ha dicho y mucho se ha escrito sobre este pastor estadounidense. Quizás lo más común es asociar a King con su lucha en el Movimiento por los derechos civiles en las décadas de 1950 y 1960. Y con toda razón; fue con medios no violentos que King logró dar grandes pasos en la pelea contra la discriminación y la segregación que vivían los afroamericanos en los Estados Unidos de ese momento. También, quizás la gente recuerda a este pastor por el Premio Nobel de la Paz que recibió en 1964, justamente por la manera en que sacó adelante su lucha. O posiblemente por la manera en que fue asesinado vilmente en Memphis en 1968 por un segregacionista. Todo esto, por supuesto, es vital cuando uno quiere recordar el legado de este incansable luchador que quiso dedicar su vida a tratar de borrar las injusticias que atravesaban la sociedad estadounidense.

Sin embargo, hay algo más sobre la vida de King que como historiador siempre me ha llamado la atención: su eterno optimismo y, más aún, su uso optimista de la historia. En un mundo donde no es extraño oír a muchos decir que todo tiempo pasado fue mejor, King al contrario parecía ver el presente como una gran promesa y el futuro como el mundo de esa promesa cumplida. Y veía la historia como un lugar al que había que pasarle la cuenta para que esto ocurriera.

Hay un lugar al que siempre regreso cuando quiero recordar la esencia de la vida, la lucha y el optimismo de King: su famoso discurso pronunciado en la Marcha en Washington en 1963. Uno de los discursos más famosos de la historia, puso en boca del pueblo estadounidense —y del mundo— una frase que cambiaría el curso del Movimiento de derechos civiles. “Yo tengo un sueño”. Una frase de donde salieron algunas de las más emotivas líneas que se hayan pronunciado en busca de la igualdad del hombre.

“Yo tengo un sueño, que un día esta nación se elevará y vivirá el verdadero significado de su credo, creemos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales.

Yo tengo un sueño que un día en las coloradas colinas de Georgia los hijos de los ex esclavos y los hijos de los ex propietarios de esclavos serán capaces de sentarse juntos en la mesa de la hermandad.

Yo tengo un sueño que un día incluso el estado de Mississippi, un estado desierto, sofocado por el calor de la injusticia y la opresión, será transformado en un oasis de libertad y justicia.

Yo tengo un sueño, que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter”.


Estas son algunas de esas líneas.  Lo que muchos quizás olvidan o ignoran es que el discurso fue más extenso que aquellos párrafos en los que King se permitía soñar en voz alta. “Yo tengo un sueño” es solo el final. En el resto del discurso King hizo constantes referencias a la historia estadounidense. Para él, la historia había hecho promesas que Estados Unidos todavía no había cumplido y King soñaba con ver esas promesas hechas realidad. Los documentos escritos por los padres de la patria fueron un buen lugar para comenzar. La declaración de independencia de 1776 y la constitución de 1787 prometían que todos los hombres tenían derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Para King, Estados Unidos no había cumplido con esas promesas en el caso de los afroamericanos y era hora de que esas palabras se convirtieran en realidad. Lo mismo pasaba con la Proclamación de Emancipación de 1863 en la que el presidente Abraham Lincoln les dio la libertad a los esclavos en territorio estadounidense en plena guerra civil. Según King, aunque en ese momento hubo un “amanecer de alegría” que terminó “una larga noche de cautiverio”, cien años después el hombre negro todavía no era libre. La historia tenía logros en la búsqueda del hombre por la igualdad y la libertad. Para este pastor optimista, las bases ya se habían sentado en el pasado. La historia estaba del lado de ellos. Ahora había que convertir esa promesa en realidad en el presente y mirando hacia el futuro.

Hay un aspecto más en el que el optimismo de Martin Luther King siempre me ha llamado la atención. Ese uso de la historia que acabo de describir en el párrafo anterior es particular por la manera en que lee esos documentos. Es verdad que la Declaración de Independencia y la Constitución hablan de libertad. Pero también es cierto que una buena parte de los signatarios de estos documentos tenían esclavos. La visión de libertad en 1776 claramente era diferente de la que existía en 1963. Lo mismo se puede decir de la Proclamación de Emancipación. Aunque en 1863 se dio el primer paso para darle libertad a los esclavos estadounidenses, también es cierto que la mayor parte de los estadounidenses de ese momento no pensaban que esto implicara que un hombre negro fuera igual a un hombre blanco. La idea de igualdad en 1863 era diferente de la de 1963. Pero King tenía un uso optimista y amplio de la historia. Estos documentos sagrados de la historia estadounidense se podían releer y reinterpretar de tal manera que incluyeran los derechos civiles por los que muchos, incluido King, lucharon a mediados del siglo XX. 

King vio en la historia un lugar lleno de herramientas para pensar y exigir un mundo mejor. Esas herramientas no solo las puso en práctica, sino que también lo guiaron en una lucha que acabó transformando al mundo. Ese optimismo estudiado, concreto y aterrizado, pero al mismo tiempo visceral y elevado, es un lugar precioso para entender el enorme legado de Martin Luther King.    

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