Un decomiso de miles de ejemplares en Amazonas, que posiblemente iban a ser traficadas de forma ilegal a Perú, y una alianza entre el Sistema Nacional Ambiental, una ONG y la academia, resultó en el descubrimiento de una nueva especie de tortuga matamata gracias a un estudio genético.
 

Entre 2015 y 2016, un decomiso de miles de individuos neonatos de tortugas matamata, realizado por Corpoamazonía en Leticia, revivió la inquietud sobre la existencia de una especie de matamata originaria de la Orinoquia y distinta a la ya conocida del Amazonas. En uno de los operativos realizado por la Corporación, la persona que recogió a los animales en el aeropuerto aseguró que estos llegaron en un vuelo de Villavicencio (Meta) y eran de la cuenca del Orinoco.

Entonces en la Corporación acudieron al Instituto Humboldt, que adelantaba un estudio sobre tortugas en Colombia, y ellos a su vez llamaron a Susana Caballero, experta en ADN, para adelantar los estudios genéticos. La iniciativa reunió los esfuerzos de Corpoamazonía, Corporinoquia, Instituto Humboldt, Universidad de los Andes y Fundación Omacha.

“Lo primero que nos llamó la atención a Laura Amaya (entonces estudiante de maestría en Ciencias Biológicas) y a mí, fue que a pesar de que es una especie tan atractiva y famosa, no había nada de su información genética. Encontramos datos genéticos en estudios evolutivos de tortugas, pero no había nada de genética de estas poblaciones”, recuerda Caballero, directora del Laboratorio de Ecología Molecular de Vertebrados Acuáticos (LEMVA) de la Universidad de los Andes.

Tras estudiar 1661 lugares del genoma en donde existían cambios en las bases que conforman el ADN, junto a José Gregorio Martínez, lograron reconstruir la historia evolutiva de estas tortugas y confirmaron que estaban ante una nueva especie de matamata: la Chelus orinocensis, distribuida en el Orinoco colombo-venezolano, Guayana Francesa, Guyana, Surinam y la isla de Trinidad.

A simple vista, las orinocensis no se diferencian mucho de las Chelus fimbiriatas (habitantes de la cuenca amazónica de Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela), de acuerdo con Carlos Lasso, investigador Sénior en Ciencias Básicas de la Biodiversidad del Instituto Humboldt.

“Externamente es muy difícil diferenciarlas. Si ven animales con el caparazón redondeado y la parte de abajo blanquecina son Chelus orinocensis del Orinoco. Si ven especies que son muy grandes, pero que el caparazón es más aplastado hacia los lados y rectangular, con manchas negras teñidas por la parte de abajo del plastrón, esa es la Chelus fimbriata que vive en el Amazonas”, explicó Lasso en una charla virtual para presentar los resultados del estudio.

Pero a nivel molecular sí son muy distintas, de allí la importancia de adelantar estudios genéticos antes de proceder a su liberación.
 


 
 

Tráfico, estudios genéticos y conservación

“La tortuga, cuando es grande, puede parecer fea para mucha gente. Es como un fósil, como prehistórica y no muy llamativa por su coloración. Sin embargo, cuando son juveniles, y sobre todo los neonatos que acaban de eclosionar del huevo, son preciosas, con una coloración rojo y negra increíble. Son especies que se camuflan muy bien con el ambiente y son pacíficas”, afirmó Carlos Lasso.

Esas características son las que hacen que sean una consideradas una especie exótica para tener en cautiverio. Según el artículo ‘Conservación y tráfico de la tortuga matamata’ —publicado en la revista Biota Colombiana y de la cual Lasso y Caballero fueron coautores—, esta especie se encuentra categorizada a nivel global y nacional como de 'Preocupación menor' por su amplia y abundante distribución. Por esa razón, su comercio internacional no está regulado por la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres-Cites.

Aunque en Colombia está prohibido el comercio de especies silvestres, al ser las matamata un especimen apetecido a nivel internacional y debido a que su venta es legal en Perú, se ha creado un tráfico ilegal de individuos neonatos y juveniles que mueve volúmenes importantes, de acuerdo con los autores del estudio. Entre 2013 y 2018, Corpoamazonía realizó múltiples decomisos, lo que supuso un reto a la hora de retornar los individuos a sus hábitats.

Foto de unas tortugas matamata decomisadas en Leticia.

Foto: Carlos Lasso / Instituto Humboldt
 

“El proceso de liberación de individuos mantenidos en cautiverio a poblaciones silvestres es un tema objeto de mucho debate en la biología de la conservación. Se considera que es importante tener en cuenta varios aspectos biológicos, ecológicos y moleculares, al momento de tomar decisiones con el fin de evitar afectar tanto a las poblaciones locales, como a los individuos que serán liberados”, se lee en el documento.

En esta oportunidad, si las tortugas no eran liberadas en los sitios de donde provenían, el riesgo al que se enfrentaban era a una ‘depresión por exogamia’, es decir: a una disminución de la eficacia biológica para la descendencia por un apareamiento entre individuos no emparentados genéticamente. Además, pueden llevar otras enfermedades contra las cuales las especies locales no están preparadas.

De allí la importancia de los estudios moleculares, de acuerdo con el análisis de Susana Caballero: “Lo que nos permiten las herramientas de genética es poder decir de dónde vienen las tortugas. Con ellas podemos ayudar a las corporaciones autónomas para que puedan decidir qué pasa con los animales decomisados, si pueden ser reintroducidos a su hábitat o no”.