Fotos: Susana Caballero y Gabriela Tezanos-Pinto

 

La bióloga Susana Caballero ha trabajado con ballenas jorobadas por más de veinte años. Pero a pesar de su trayectoria, no las había visto en otras facetas, como cuando van a alimentarse a las aguas gélidas de la Antártica. Para verlas, viajó en crucero hasta el extremo sur del planeta, donde los turistas que la acompañaban participaron en la investigación.  

La ciencia tiene un halo de misterio para los ciudadanos del común y la misma Caballero dice que los científicos pueden “llegar a ser muy arrogantes y antipáticos”, así que el reto era, en medio del frío de la Antártica, romper el hielo y acercar a los pasajeros a la labor científica. 

Esta historia que combina turismo y ciencia empezó con la aprobación del proyecto que le presentó Caballero, profesora del Departamento de Ciencias Biológicas de la Universidad de los Andes (Colombia) y Gabriela Tezanos-Pinto, asociada a la Universidad de Massey (Nueva Zelanda), a la fundación Hurtigruten, quienes ofrecen cruceros en la Antártica que involucran a algunos científicos.
 

 
Las biólogas Gabriela Tezanos-Pinto (Izq.) y Susana Caballero (Der.) en South Georgia. 

La propuesta para Hurtigruten tenía el objetivo de tomar muestras de tejidos de ballenas jorobadas para hacerles análisis genéticos y sacar ADN ambiental, una técnica que consiste en identificar el material genético que los organismos arrojan en el ambiente, en este caso, en el agua. Una tarea en la que esperaban involucrar a los pasajeros. Pero no era sencillo. Había que cerrar la brecha entre los turistas y el mundo científico. 

 

Las primeras sorpresas 

Después de llegar a Punta Arenas, Chile, en un vuelo desde Santiago, las científicas subieron a bordo del barco MS FRAM para el primero de dos cruceros de 20 días. Navegaron por esa especie de laberinto en que termina el sur del continente americano: pasaron por Ushuaia, en Argentina, y Puerto Williams, de vuelta en Chile. De ahí cruzaron el canal Drake, para ir hacia lo que es el fondo de un globo terráqueo, a la Antártica, el continente de hielo. 
 

Círculo polar ártico. Foto: cortesía de Susana Caballero y Gabriela Tezanos-Pinto 

Cruzando el Drake tuvieron su primera interacción con los pasajeros. En cubierta les explicaron cómo hacer observación de mamíferos marinos y qué datos tomar. Allí tuvieron una gran sorpresa: un grupo de unos 50 delfines hourglass, muy difíciles de ver por ser oceánicos. Los hourglass, que se caracterizan por su color negro y una franja blanca en forma de reloj de arena, estaban en la lista de deseos de las científicas para este viaje.  

Esos primeros encuentros con los mamíferos marinos fueron sorprendentes y los pasajeros quedaron agradecidos, pero aún no habían tomado la primera muestra de la investigación y la relación con las científicas parecía más la de un salón de clases. 

Delfines Houglass. Foto: Lomvi2 en Wikimedia Commons.

 

 

¿Y dónde están las ballenas? 

El crucero llegó a la península Antártica, con sus paisajes de otro mundo y sus noches de cinco horas.  “Es muy, muy distinto, impresiona el silencio. Porque uno viene de una locura, del ruido del día a día, de todo este ruido mental, del ambiente; es llegar a un lugar en que lo único que se escucha es básicamente el viento, cuando hay”, cuenta Caballero. 

Veían el extenso paisaje de agua y hielo, pero las ballenas no aparecían. Caballero recuerda que estaban muy al sur de la península donde había mucho hielo, algo que no les gusta a las jorobadas. Pasaron dos días. Apenas vieron unas ballenas minke, que son más pequeñas y tímidas, así que se asomaron un momento y desaparecieron. 

Pero llegó el día en que no solo las encontraron, sino que además estaban haciendo algo que no habían visto ni siquiera las científicas, por no verse en las zonas de reproducción: “logramos ver 20 ballenas jorobadas en un mismo lugar. Eso nunca pasa aquí (Colombia) en las zonas de reproducción, nunca vas a ver un grupo de ese tamaño”.  Estaban nadando en círculos y soltando burbujas para hacer un túnel de aire que atrapara al krill, para luego pasar por este alimentándose. 

Una ballena jorobada alimentándose. Foto: cortesía de Susana Caballero y Gabriela Tezanos-Pinto. 

 

 

La primera pasajera 

El equipo del barco encargado de salir con los pasajeros a las expediciones estaba conformado por biólogos, historiadores y geólogos, algunos de ellos con maestrías y doctorados. Cuando salían a los recorridos, los pasajeros se repartían en los botes zodiac, pero en el de Caballero y Tezanos ningún turista se aventuraba, tal vez por recelo de la tripulación o timidez de los turistas. Hasta que en una salida una mujer sueca se acercó al grupo de expedición y pidió ir con las científicas.  

La mujer las acompañó a tomar las muestras. Al regresar, habló con sus compañeros de viaje. La voz se regó. Era lo que faltaba para romper el hielo, que alguno estuviera en medio de la aventura de encontrar una ballena, acercarse en el bote y tomar la muestra con un dardo para identificarla por medio de su ADN. De escuchar a las científicas hablar de que podría ser un posiblemente reencuentro con una de estas gigantes que nadó desde las costas del Pacífico colombiano o de otro país centro americano. Se cerró la brecha, y de ahí en adelante el trabajo fue más cercano entre los pasajeros y las científicas. 

Utilizaron el pequeño laboratorio del barco para organizar un taller de extracción de ADN utilizando las muestras que habían tomado en compañía de los pasajeros. “fue muy bonito, porque hay un paso en la extracción en que se le echa alcohol y sale una especie de nube que es el ADN y les decíamos: ‘miren el ADN de su ballena’”, recuerda Caballero. 

Pasajeros del crucero en una salida de expedición en uno de los botes zodiac. Foto: cortesía de Susana Caballero y Gabriela Tezanos-Pinto 

 

 

Lo que se busca con las muestras recolectadas 

Además de la relación con los turistas y de contarles el trabajo que se hace con las ballenas jorobadas en el Pacífico colombiano, es hacer el análisis genético de las muestras recolectadas durante el crucero para identificar individualmente a las ballenas, hacer estimaciones de abundancia y analizar patrones migratorios.  

Un tercer objetivo era probar la técnica del ADN ambiental para identificar especies que son difíciles de seguir. “Se están llevando a cabo varios proyectos de ADN ambiental en el Ártico, pero estas muestras son las primeras de esta región de la Antártica”, explica Caballero. El trabajo de análisis se está haciendo actualmente en Inglaterra. 

 

La tranquilidad de los animales 

Las científicas hicieron el recorrido con dos cruceros diferentes y en los dos trayectos pudieron ver muchos animales que habían estudiado, pero no visto directamente. Aprovecharon la tranquilidad de estos en la Antártica para conocerlos, aunque ya lo habían hecho de una forma mucho más profunda en el laboratorio. 

Uno de esos animales fueron las focas leopardo, que incluso curiosas se acercaban al bote para también observar a los turistas. Con ellas habían hecho un trabajo junto al Instituto Antártico Argentino. Este había enviado las muestras al laboratorio de la Universidad de los Andes para hacer los análisis genéticos, e incluso había sido el primer trabajo de este tipo con foca leopardo publicado, pero Caballero no las había visto en su habitad y fue gracias a esta combinación de turismo y ciencia que lo logró. 
 

Foca leopardo. Foto: cortesía de Susana Caballero y Gabriela Tezanos-Pinto. 

Además de la península Antártica, el crucero visitó la isla South Georgia y las Islas Malvinas, donde también hicieron un recorrido histórico con la ayuda de otro uniandino, Juan Diego Soler y su libro Relatos del confín del mundo, que Caballero compró por casualidad antes del viaje. El libro relata las aventuras de los primeros exploradores de la Antártica y lo que hacen hoy otros campos de la ciencia en esa región del planeta, en el caso de Soler, la astrofísica. 

Para turistas y científicos fue un viaje especial. También lo fue para la fundación Hurtigruten, que al final del viaje les preguntó a las científicas cómo era el método para involucrar con tanta alegría y cordialidad a los turistas. Ellas no tuvieron una respuesta “eso es naturaleza”, dice Caballero. 

Toda la información de esta experiencia, incluyendo los resultados de la investigación y las imágenes que capturaron las científicas, se irán publicando en www.dospinguinas.com.   Caballero y Tezanos esperan repetir la experiencia para seguir el rastro de las ballenas que van del Chocó a la Antártica y tener otros escenarios para compartir sus conocimientos científicos.