Germán Samper Gnecco: El último arquitecto moderno

Imagen de Germán Samper Gnecco
06/06/2019
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A la memoria de Germán Samper Gnecco (1924-2019)
Por: María Cecilia O’Byrne
Profesora e investigadora
Facultad de Arquitectura y Diseño


Una de las muchas historias que el recién fallecido arquitecto Germán Samper Gnecco contó de la vivencia con su maestro Le Corbusier, a principios de la década de los cincuenta, cuando se despidió de él, tras 5 años de trabajo y aprendizaje en el famoso atelier del 35 rue de Sèvres en París, se refiere a un consejo que lo marcó: “Hay que cargar la semilla, no la flor”. Germán Samper recogió en ese viaje iniciático y en tantos otros que hizo a lo largo de su existencia, muchas semillas. Y las cosechas fueron más que generosas.

En su carrera como arquitecto, cosechó un sin fin de logros. Para solo mencionar algunos, es posible decir que fue de los pocos arquitectos conocidos con el apelativo de “moderno” que logró tener en sus manos encargos donde desafió la construcción del espacio arquitectónico, dejándonos como legado tres de los lugares más emblemáticos de la arquitectura del siglo XX en Colombia: la sala de conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, el Museo del Oro y la sala del consejo del Centro Administrativo Municipal de Cali.
 

En su carrera como arquitecto, cosechó un sin fin de logros. Para solo mencionar algunos, es posible decir que fue de los pocos arquitectos conocidos con el apelativo de “moderno”.

Su trabajo no fue solitario. Junto a sus socios Rafael Esguerra, Álvaro Sáenz y Rafael Urdaneta, transformaron uno de los espacios urbanos de la vieja Bogotá, en un lugar donde la historia y el presente se encuentran cada día de manera armónica y singular: la Plaza Santander, donde el edificio del BCH, el Museo del Oro, la torre Avianca, la Iglesia de la Veracruz y la propia plaza, obras de la empresa que, junto con otros edificios de diferentes períodos, conforman uno de los espacios públicos más vitales de la capital.

La torre Avianca, monumento nacional –al parecer por haber sido el primer rascacielos del país–, es un edificio que cambió el perfil de la ciudad, no solo con altura, sino con proporción, con delicadeza, con impecabilidad en su relación con el entorno inmediato. El uso de una plataforma que servía para acoplarse a la ciudad existente, permitió que la torre de oficinas llegara al suelo, casi como un elemento aislado, icónico, tal y como soñó Le Corbusier para Bogotá en su plan de 1950 con las torres de oficinas para el centro cívico.
 

Con Avianca, el SENA y Pan American en Bogotá, y Coltejer en Medellín, entre otros, con el apoyo de sus socios y el trabajo mano a mano con ingenieros de la talla de Doménico Parma, logró creaciones que debemos continuar estudiando para poder entender cómo Samper fue uno de los protagonistas en hacer de la modernidad en Colombia un proyecto adecuado al lugar y, a la vez, transformador de la realidad local.

Samper, junto a muchos arquitectos de la talla de Rogelio Salmona, Fernando Martínez, Guillermo Bermúdez, Leopoldo Rother, Bruno Violi, Obregón y Valenzuela, Cuellar, Serrano Gómez, y tantos otros, dieron forma a la modernidad en arquitectura, dibujando un período notable de la historia de este arte, que se desarrolló de manera propia y autónoma.
 

Sabemos que los habitantes de muchos de los barrios construidos a partir de diseños de Germán Samper, viven orgullosos y felices

Una modernidad local que todavía se presenta escindida en dos vertientes que, al final, son inseparables. Pues, cuando se trata de hacer buena arquitectura, no es posible separar la razón de la belleza, así les llamemos funcionalistas y organicistas.

Pero estos grandes proyectos se hicieron en paralelo con un grupo igual de poderoso de investigaciones y proyectos que nacieron con el barrio La Fragua en Bogotá. Samper buscó incansablemente encontrar respuestas al problema de la vivienda social, tema que lo llevó a investigar también la construcción de la ciudad y su urbanismo.

Gracias al libro “Casa+casa+casa = ¿ciudad?, Germán Samper, una investigación en vivienda”, realizado por profesores de la Universidad de los Andes, sabemos que los habitantes de muchos de los barrios construidos a partir de diseños de Germán Samper, viven orgullosos y felices, y que son muchos los que en vida del arquitecto le agradecieron por haberles dado espacios dignos, donde crecer económica y afectivamente con sus familias.
 

Un trabajo que le llevó a conocer de cerca la vida de los barrios populares y a que su entendimiento le diera el honor de ser el único grupo latinoamericano de arquitectos invitado a participar en el concurso de Previ, en Perú, uno de los laboratorios vivos de vivienda social más importantes realizados en el mundo, a finales de la década de los 60.

Participó en debates académicos, fue incondicional a su gremio y a la Sociedad Colombiana de Arquitectos, incursionó en la política y fue un ferviente católico. Seguramente, quienes tuvieron el honor de conocerlo, coincidirán conmigo en reconocer que fue un hombre grande en su talla e increíblemente sencillo, generoso y tranquilo. Su hablar era pausado. No daba cátedra. Daba consejos.

Compartía su conocimiento y su saber en tertulias de amigos, así los acabara de conocer. A todo el que llegaba a preguntarle algo siempre intentaba ayudarle. Fue maestro y amigo de quienes nos acercamos a su casa en Santa Ana para aprender de su sapiencia.

Tomaba nota de cuanto le parecía interesante, dibujaba por el gusto de saborear el espacio entre el lápiz y la pluma sobre el papel, tocaba el piano para compartir la música que recorre las venas de toda la familia y se sabía bogotano de pura cepa.

Creo, sin embargo, que su principal cosecha fue su familia. Con su compañera de vida, Yolanda, sus hijos, Eduardo, Ximena, Johana, Diego, Catalina, Tomás, Juanita y Marlene. Sus nietos y bisnieta. Sus hermanas y sobrinos. Con todos ellos y amigos de toda la vida, sus últimos días fueron rodeados del inmenso amor que les permitió, tanto a Germán, que se preparaba para el viaje final, como a todos ellos, que se preparaban para seguir la vida sin él, a vivir este momento definitivo de manera tranquila.

Se dice que la muerte es plena para quien ha vivido una vida plena. Las cosechas de Germán Samper lo confirman. El día de su funeral, se respiraba paz y agradecimiento entre todos los presentes, por su vida que había engalanado la nuestra ¡Sabíamos que ese día, el cielo estaba de fiesta!
 
Samper buscó incansablemente encontrar respuestas al problema de la vivienda social.

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