La encargada de pegar afiches

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María Jimena Duzán, periodista, columnista de Revista Semana, conductora del programa de televisión Semana en Vivo. Foto: Revista Semana.
03/01/2019
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Por: María Jimena Duzán 
Periodista, columnista de Revista Semana, conductora del programa de televisión Semana en Vivo.

Entré a la Universidad de los Andes a finales de los setenta, cuando finalizaba el convulsionado gobierno de Alfonso López Michelsen y entraba la administración de Julio César Turbay con su Estatuto de Seguridad.

En esos años el país era un hervidero de la protesta social y la Universidad de los Andes no era la excepción. Colombia palpitaba de manera acelerada, así en la superficie las cosas siguieran funcionando a otro ritmo. Los primíparos como yo íbamos con gran interés a la cátedra magistral de Abelardo Forero, pero también percibíamos un ambiente en ebullición, como si las cosas estuvieran a punto de estallar.

El Departamento de Ciencia Política era un semillero de líderes estudiantiles de izquierda liderados por Fernando Botero Zea y Gabriel Silva –curiosamente ambos llegarían a ocupar en distintos momentos el ministerio de defensa–. Su liderazgo estudiantil lo habían forjado desde que salieron a marchar al lado de las centrales obreras en el paro cívico del 77 y sus historias de cómo habían sorteado los embates de la fuerza pública impresionaban a primíparas como yo. Era la época de las canciones de Víctor Jara, del ocaso de la revista Alternativa, del surgimiento del M-19 y del fortalecimiento del movimiento social y estudiantil.

Entré a la universidad en medio de una mini-revuelta estudiantil motivada por el despido de dos profesores de filosofía muy queridos por los estudiantes: Rubén Jaramillo y Jorge Restrepo. (Este último había escrito una columna desobligante en El Tiempo contra Fernando Cepeda, quien fungía como rector encargado). A esa mini-revuelta estudiantil se le sumaron nuevas tropas, como fue el caso de Roberto Pombo, actual director del diario El Tiempo; de Santiago Montenegro, hoy presidente de Asofondos; de Pilar Gaitán, experta en derechos humanos, y de Silvia Dávila, una despampanante mujer que producía suspiros a su paso.

El Profesor Cepeda era bien conocido por todos en el Departamento por sus clases magistrales, al lado de otro gran maestro que era Mario Latorre. Los dos eran la pareja perfecta: Latorre era una enciclopedia sobre el significado de cada artículo de la constitución y el profesor Cepeda era el mago para interpretar lo que decían las normas. ¿Qué más se podía pedir?

Cepeda entró al salón en que estábamos todos los estudiantes reunidos y empezó a exhortarnos a que desistiéramos del cese de actividades, dejándonos claro que no iban a reintegrar a los profesores. De pronto, Fernando Botero se subió a una mesa grande y desde allí impuso su voz para decirle al rector encargado que se fuera porque no era bienvenido.

Sin embargo, esta ilusión de creer que se podía cambiar el mundo desde la lucha estudiantil quedó defenestrada con los primeros efectos del estatuto de seguridad. Las casas de varios de los profesores chilenos que habían llegado a dar clases a Los Andes, tras el golpe de Pinochet, fueron allanadas por el Ejército y muchos de ellos tuvieron que irse del país.

El segundo golpe fue más duro: una compañera de Ciencia Política y líder estudiantil fue sustraída de su casa y llevada a las cabellerizas de Usaquén, porque aparecía en una agenda de teléfonos de Antonio Navarro, a quien ella había entrevistado en el 77, cuando era decano de la facultad de ingeniería de la Universidad del Valle y ella hacía su tesis sobre los trabajadores de esa región, la cual estaba financiada por la Fundación Ford.

Fueron años tumultuosos que nos marcaron para siempre. Así recuerdo la universidad en que estudié: como un reflejo de esa Colombia convulsionada en la que no solo aprendí a leer a Marx, a Kant y a los estructuralistas sino a conocer de cerca la complejidad de un país que hasta ahora adivinaba. Fui alumna de profesores políticamente comprometidos y de maestros que representaban lo clásico, lo tradicional, y de ambos aprendí. Muchas de las personas que conocí en esos años siguen siendo mis grandes amigos.

Lo único que lamento es que nunca pude entrar en esos selectos grupos de estudio que había en la Universidad para leer El Capital de Marx. Nunca clasifiqué. Tampoco logré subir en el escalafón del movimiento estudiantil porque nunca pasé de ser la encargada de pegar los afiches. 
 

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