Eduardo Pombo Leyva, 1929 - 2016

Imagen antigua en blanco y negro de hombre con corbatín y gafas

Eduardo Pombo Leyva

02/02/2016
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Eduardo Pombo Leyva
1929 - 2016

 Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando…
 
“Coplas que hizo Don Jorge Manrique
A la Muerte de su Padre” (1470)
 
No es difícil ni forzado elogiar a Eduardo Pombo. Arquitecto egresado en 1961 de la Universidad Nacional, tuvo una larga y fértil vinculación con la Universidad de los Andes, durante algo más de una década y media, como profesor de diseño durante 10 años; como decano de Arquitectura y Bellas Artes de 1968 hasta 1971 y luego como directivo de la Universidad hasta finales de la década de los 70. Esa vinculación con Arquitectura continuó durante muchos años más, como ocasional profesor invitado. Durante su decanatura, la Facultad de Arquitectura vivió la más destacada época de su historia, con sus centros de investigación y planeación, su innovadora enseñanza de historia y la inteligente guía y lúcida crítica de quien ya era un profesional de exitosa carrera. Eduardo Pombo era un eximio trabajador en equipo, ya fuera con el Banco Central Hipotecario, el equipo creador de Ciudad Kennedy, el del edificio Avianca en Bogotá, etc. Quienes tuvimos el placer y el honor de desempeñar cátedras bajo su liderazgo podemos dar fe, con gratitud y alegría, del talento, honestidad y disciplina –no exenta de buen humor y gracia– podemos asegurar que Pombo fue un gran decano de Arquitectura, quizá el mejor en la historia de la Facultad uniandina. Realista, hábil manejador de las difíciles idiosincrasias de profesores y estudiantes, firme y claro en sus decisiones, defensor a ultranza del trabajo en equipo y no del solitario “tenor” de la enseñanza, Eduardo Pombo llevó a un nivel cualitativo la Facultad a su cargo que difícilmente podría ésta recuperar en décadas posteriores. No menos notable fue el impulso dado entonces a la Escuela de Bellas Artes, adscrita entonces a Arquitectura. No es un accidente del destino académico que, poco tiempo luego del retiro de Eduardo Pombo, comenzara para Arquitectura y para Bellas Artes, la época más oscura y difícil de su historia.

La gran influencia ideológica en la vida profesional de Eduardo Pombo fue todo lo que la cultura de los países escandinavos podía ofrecer. Ciudades sanas, abiertas, ordenadas y apacibles; arquitectura clara, con la belleza de un orden sencillo, acogedor de la vida y el sentir, no exenta de una modernidad suavemente continuadora de su propio pasado. El choque permanente de la inteligencia y la cultura de Pombo fue frontal contra las bárbaras realidades colombianas, con la egoísta introspección de origen hispánico o los terribles aportes negativos de otros mundos socioeconómicos internacionales. La enseñanza, para él, fue una especie de tregua espiritual, de diálogo de paz entre los sueños y la realidad. Eduardo Pombo afrontó su época y sus circunstancias académicas con su agudo humor bogotano, su fino sentido crítico y su radical intransigencia con todo lo que le podría parecer injusto, equivocado o estúpido. Fue defensor enardecido y brillante de sus ideas, luminosas a veces, espléndidamente contradictorias en otras. Ni en su profesión ni en su mundo académico habría lugar para el engaño docente, los quiebres a la ética o la estafa cultural. Algún amigo en común definió maravillosamente a Eduardo Pombo en tres palabras: una buena persona. “Buena” y “persona” tienen aquí vastas implicaciones y matices. Bonhomía, don de gentes, como se quiera llamar, le sobraban a Eduardo Pombo. Y ese tajante juicio moral que implica lo “bueno” (de bondad y generosidad) le iba admirablemente a él. Alguien le preguntó a Eduardo si seguía viviendo en la misma casa que construyó en los años 60 del siglo pasado. Su respuesta fue: Sí. Sigo en la misma casa, con la misma mujer, con el mismo carro (un Mercedes Benz negro del año 1951) y la misma gabardina!. Eduardo Pombo fue, entonces, un tradicionalista de vanguardia.
A su memoria, y retomando, a través de los siglos, las palabras de Jorge Manrique, para la muerte de su padre:
 
¡Qué amigo de sus amigos!
¡Qué señor para criados y parientes!
¡Qué enemigo de sus enemigos!
¡Qué maestro de esforzados y valientes!
¡Qué seso para discretos!
¡Qué gracia para donosos!
¡Qué razón!
¡Qué benigno a los sujetos!
¡Y a los bravos y dañosos,
un león!
 
GERMÁN TÉLLEZ, enero de 2016.

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