Andinobates victimatus: la rana de las víctimas del conflicto

Ilustración con Pablo Palacios y la rana Andinobates victimatus
Pablo Palacios, estudiante de doctorado de Los Andes, descubrió una nueva especie de rana venenosa: Andinobates victimatus (caminante de los andes, de las víctimas del conflicto). Foto de la rana: Roberto Márquez.
05/02/2018
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Pablo Palacios, estudiante de Los Andes, afrocolombiano joven del año

Pablo Palacios tiene 25 años, es chocoano, es estudiante de doctorado de Ciencias Biológicas y magíster en Ecología Evolutiva, ambos estudios en la Universidad de los Andes, ambos por medio de una beca.

En 2017, el nombre de Pablo salió del anonimato, porque fue escogido el afrocolombiano joven del año y porque en una golpeada zona del Golfo de Urabá, en diciembre pasado, junto a cinco investigadores de Los Andes, descubrió una nueva especie de rana venenosa: Andinobates victimatus (caminante de los andes, de las víctimas del conflicto).

La victimatus es roja, brillante, pequeña, exótica y bella, más que peligrosa se ve tierna. Las puntas de los dedos de las manos y de los pies son gris claro. Pertenece a la familia de las ranas venenosas y vive en las selvas tropicales en el extremo noroeste de Colombia, región alrededor del Golfo de Urabá, un lugar olvidado y que, incluso, los investigadores no se atrevían a explorar.

La rana no podría pertenecer a otra región del país, pues como dice Pablo, ambos son fruto de una tierra donde la biodiversidad brota desde todos los rincones, los azotes del conflicto armado golpean a diario a sus habitantes y la pobreza, en algunas zonas, es extrema; pero su belleza es más grande que sus problemas.

Su nombre: Andinobates victimatus, esconde una historia.

La rana fue nombrada así en honor a las víctimas del conflicto armado en la zona, pues fue descubierta en la parcela de un hombre con una estrecha y triste relación con la guerra. La rana, ahora, es el recuerdo de que en ese lugar de Colombia, en algún tiempo, hubo masacre y muerte.

El primer contacto de Pablo con la victimatus fue en sus primeros años cuando, junto a su primo, se escapaba del matriarcado de su casa a recoger agua y cortar madera y varas para pescar. En esos días, de un solo brinco, Pablo se adentraba en el corazón de la selva pacífica, que era como el patio de su casa, a jugar con las que fueron sus hermanitas y ahora son su vida: las ranas venenosas del Chocó.

El punto de giro de la vida de Pablo fue cuando conoció a quién llama el Messi’ de la Biología, el profesor Adolfo Amezquita, director del Departamento de Ciencias Biológicas de la Universidad de los Andes. Quien le dictó un curso de Bioacústica en la Universidad Tecnológica del Chocó – UTCH-, donde Pablo estudiaba. Ahí, el profesor notó a un estudiante dentro del gran grupo, con los “ojos bien abiertos” y las preguntas bien puestas.

Un estudiante pilo e inolvidable que a pesar de su timidez, consiguió que su ídolo lo guiara en su tesis de pregrado, la cual fue laureada. Y después de largos correos y llamadas, nació una amistad.

Un día, mientras Pablo desayunaba en su casa, su pueblo natal, Puerto Pervel, recibió una llamada: el profesor Amezquita le hizo una oferta que no pudo rechazar: ser parte de una investigación en la Universidad de los Andes. La que veía como “la gran universidad de la capital”.

En 2013, después de un viaje de 24 horas por tierra, mareado y desorientado, Pablo llegó a Bogotá. Recorrió la Universidad y en el Laboratorio del Grupo de Ecofisiología, Comportamiento y Herpetología –Gecoh–, conoció a Valeria Ramírez, Daniel Mejía y Roberto Márquez, quienes hoy son sus amigos, colegas, compañeros y coautores del descubrimiento de la victimatus. Con ellos trabaja día a día en la Universidad, en “la pequeña Colombia”, como la llama Pablo, por la diversidad de acentos, costumbres y regiones de sus integrantes.

Hoy, con siete proyectos de investigación en marcha entre los que se encuentra el estudio de la evolución de toxicidad, el descubrimiento de nuevas especies y la fisiología de la personalidad de las ranas, este grupo diverso y complejo, utiliza anfibios y reptiles como modelos de investigación para resolver preguntas acerca del papel de las características fisiológicas y del comportamiento en la evolución de los patrones de diversidad en el Neotrópico.

“Soy un individuo de la muestra, uno de los millones de colombianos que surgió de una tierra de mucho talento y pocas oportunidades, que no se conforma con la etiqueta que dicta. La gente de mi tierra no nace condenada”, concluye Pablo Palacios, estudiante del doctorado de Ciencias Biológicas de la Universidad de los Andes.

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