Rusia siempre misteriosa

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Rusia siempre misteriosa
Imagen del Estadio Luzhniki en Moscú
Una vista aérea tomada con un dron muestra el Estadio Luzhniki en Moscú el 24 de enero de 2018. Foto: AFP
Imagen de Museo Histórico Estatal, Moscú
Una vista tomada el 23 de noviembre de 2017 muestra el Museo Histórico Estatal, Moscú. Foto: AFP.
Imagen de Catedral de Kazán, Moscú
Catedral de Kazán, Moscú. Foto: AFP.
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Imagen de Catedral de Kazán, Moscú
15/06/2018
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El Mundial de Fútbol, que arranca este 14 de junio, tiene al mundo entero hablando de Rusia. Claves para entender esta tierra y sus misterios.


Por: Hugo Fazio, decano de la Facultad de Ciencias Sociales


Nunca me ha resultado fácil escribir sobre Rusia y menos cuando el propósito consiste en brindar una visión panorámica para un público general. Winston Churchill la definió como “un acertijo envuelto en un halo de misterio dentro de un enigma”. Explicación insuperable, porque Rusia es un país difícil de encapsular en un puñado de palabras o de representar en unas cuantas imágenes.

Largos años de mi vida los dediqué a estudiar algunos episodios de esta variada y rica historia. Aún hoy prosigo en la tarea de tratar de resolver sus principales incógnitas. Muy a mi pesar, debo reconocer que cuando más creo acercarme, más distante me siento.

Curioso resulta un breve pasaje de la trayectoria intelectual de Karl Marx. Un inmenso aprieto enfrentó el pensador alemán para responder a una carta de la populista Vera Zasúlich, en la cual la revolucionaria rusa le preguntaba sobre la aplicabilidad e inevitabilidad del capitalismo en la realidad de su país.

Después de mucho cavilar, Marx finalmente le respondió que la “fatalidad histórica” del capitalismo quedaba circunscrita a los países de Europa occidental. Así como para Churchill Rusia representó —en su doble calidad de aliado y de contradictor— un inmenso enigma político, para Marx, constituyó un acertijo que puso a temblar los fundamentos de su impresionante teoría general.

¿En dónde radican sus misterios? De entrada, creo que uno de los principales problemas consiste en que sigue siendo usual que se trate de decodificar las realidades de este vasto país con unos lentes analíticos propios de unas experiencias sociales muy diferentes de las rusas. No está de más recordar que las ciencias sociales nacieron en un puñado de países que comúnmente asociamos con Occidente. Sus objetivos no eran otros que interpretar y responder a una serie de problemas propios de dichas sociedades durante un período histórico particular. Estas teorías y conceptos siempre se han estrellado en Rusia, en alto grado porque la morfología misma de esta sociedad dista enormemente de esos patrones que generalmente se dan por naturales o universales.

Pero también en ello ha participado una áspera herencia proveniente de la época de la Guerra Fría, cuando se desarrolló la tristemente célebre escuela totalitaria, que más que interesada en entender y explicar la realidad rusa se dedicaba a denigrar y a despertar emociones encontradas contra dicha sociedad. No obstante, los largos años que nos separan con el momento cuando sobrevino la desaparición del comunismo soviético, esta manera de ver las cosas sigue campeando, tal como queda claramente expuesta cada vez que se suceden contiendas electorales: los aspirantes son presentados en términos de demócratas (cercanos a Occidente) y autoritarios, rusófilos y oscurantistas.

El caso más patente y contradictorio se presentó con el apoyo que se le brindó al presidente Boris Yeltsin en 1993, cuando, de manera violenta, con tanques y bombardeos, acabó con la oposición y destruyó la frágil institucionalidad. Yeltsin, el “demócrata”, a punta de cañones, eliminó a los “oscurantistas autócratas” de la oposición y creó, de la nada, una nueva Constitución. Se puede decir que han cambiado los términos, pero el esquema interpretativo lastimosamente sigue siendo el mismo.


La Rusia de Moscú y la de San Petersburgo

Si bien todavía encontramos escollos para acercarnos a un entendimiento de lo que Rusia representa, podemos recurrir a algunas estrategias argumentativas para mostrar el carácter multifacético de este inmenso país. La más simple consiste en darles un vistazo a aquellas ideas de nación que representan sus dos ciudades más emblemáticas.

Una es la Rusia europea, cuyo principal estandarte es la ciudad de San Petersburgo, construida por Pedro el Grande en los inicios del siglo XVIII. Alzada al borde del mar Báltico, fue diseñada y pensada para ser un punto de comunicación y contacto con la Europa septentrional. El historiador Orlando Figes sostiene que San Petersburgo fue construida como “una obra de arte”, con imponentes edificios, la mayoría de los cuales fueron diseñados por arquitectos y artistas europeos, llegando a la paradójica situación de que incluso sus principales materiales fueron importados de Italia, Francia y los

Países Bajos. Si bien la estructura urbana representa un primer indicio de europeidad, Pedro el Grande le tenía reservado un propósito más encumbrado: conectar económica, social y culturalmente a su vasto imperio con Europa con el fin de hacer de Rusia un país moderno. San Petersburgo, en este sentido, representa a una Rusia que se proyecta de cara a un futuro nuevo, esplendoroso y abierto, que se conecta con un continente del cual Rusia indefectiblemente debe hacer parte.

Moscú es otra cosa. Es la ciudad de la Rusia profunda, donde puebla el eslavismo, la ortodoxia religiosa, y donde por doquier se divisan las iglesias con cúpulas en forma de bulbo. En el corazón de la ciudad se encuentran tres importantes emblemas indisolubles de lo ruso: una imponente fortaleza (el Kremlin), contigua a la Plaza Roja (que en ruso antiguo significaba bella) y la majestuosa y colorida Catedral de San Basilio. Moscú es la Rusia guerrera, defensora de la ortodoxia, que se alza como patrona de la “idiosincrasia rusa”. Sus grandes hitos siempre presentes fueron la retirada de los ejércitos napoleónicos en 1812 y de los nazis en 1940. No debemos, empero, imaginar Moscú en oposición a Europa, porque de hecho tuvo contacto con países occidentales, pero siempre se ha caracterizado por sintetizar lo foráneo dentro de lo ruso, lo que históricamente ha quedado claramente refrendado en la cotidianidad, las actitudes, la comida, la política y el arte. Dicho en términos gruesos, mientras San Petersburgo representa la voluntad de una Rusia cosmopolita, Moscú constituye la equidistancia, el aprendizaje con desconfianza para preservar lo propio y singular.


La Rusia siberiana

Frente a estos dos ideales, podemos distinguir una tercera Rusia, aquella asiática y siberiana, gigantesco caleidoscopio de grupos étnicos, con líneas ancestrales mongoles, turcas y tártaras, solo para citar las más representativas. Hoy en día se considera que las personas de origen asiático representan el 7 % de la población total de Rusia.

La impronta que ha dejado la presencia de estos pueblos es muy marcada y es resultado de la larga dominación ejercida por un vasto territorio que hoy alberga a Rusia, Ucrania y Kazajistán, por el Estado mongol, conocido como la Horda de Oro (desde el siglo XIII hasta finales del siglo XV) y por esa propensión del Estado ruso zarista de haber sido un organismo en constante expansión, que a lo largo de más de tres siglos fue incorporando territorios y pueblos dentro de su radio de acción y declarando súbditos a sus variados habitantes.

La presencia de esta tercera Rusia subsiste en el lenguaje cotidiano (muchas palabras rusas de uso corriente tienen procedencias mongoles, turcas y tártaras), en el predominio de ciertos rasgos faciales de sus habitantes y de ciertos elementos culturales.

Mientras la Rusia derivada de la representación moscovita y peterburguesa puede ser fácilmente imaginada por un lector poco familiarizado con este país y su historia, no ocurre lo mismo con esta última. Dos situaciones nos permiten entender mejor su presencia. La primera la recordaba Orlando Figes en su libro El baile de Natasha, cuando señalaba que varios apellidos que son asociados inmediatamente con Rusia, en realidad tienen orígenes asiáticos: Turguénev (mongol), Bulgákov (turco) y Godunov (mongol). La otra, esta vez de tipo visual, proviene del famoso pintor Vasili Kandinsky, cuyo colorido arte abstracto se inspira en el chamanismo de la región de Komi. Estas dos situaciones nos demuestran que esta tercera Rusia no se localiza en puntos geográficos específicos ni en regiones en particular, sino en la misma historia rusa.

Para un ruso de hoy el asunto no es más diáfano. Hay muchas maneras de entender a Rusia y a los rusos para sus mismos ciudadanos. En ello intervienen varios factores. Primero, Rusia difiere de su antecesor directo, es decir, de la Unión Soviética. Se diferencia en términos ideológicos y políticos, porque mientras el anterior era un Estado que procuraba construir el comunismo, la Rusia actual es un país bien afirmado en el capitalismo. Pero también difiere en términos territoriales y nacionales. De las cenizas de la antigua Unión Soviética nacieron quince nuevos Estados. Rusia es el más grande de ellos y fue natural que heredara varios de los atributos de la antigua potencia: el puesto permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, el armamento nuclear y estratégico de la antigua potencia y sus derechos y responsabilidades. Pero es una Rusia confinada en la zona nororiental del continente euroasiático, alejada de Europa y de importantes regiones de Asia por un largo cinturón de países de reciente data. La Rusia actual tampoco puede ser la continuación de la antigua potencia porque ese pasado es precisamente el que se ha querido borrar. A diferencia de la población de los otros Estados surgidos de la antigua Unión Soviética, los cuales, unos más y otros menos, pero en últimas todos, han recurrido a su oposición a Rusia como una forma de fortalecer la edificación nacional. Los rusos, simplemente, se han encontrado privados de ese tipo de otredad funcional.


La herencia zarista

Si Rusia no es la prolongación histórica de la Unión Soviética, entonces, ¿puede inferirse su razón de ser de la antigua Rusia zarista? Tampoco esta respuesta es sencilla. No puede pasarse por alto que la acelerada modernización soviética ha representado un insoslayable bache temporal. La Rusia actual es un país moderno, mientras que la Rusia de los zares era un país mayoritariamente rural, con más de un 90 % de población campesina.

Tampoco ayuda el hecho de que la Rusia zarista fuera un Estado en constante expansión que logró ampliar su dominio por gran parte de Europa y Asia. Esta expansión se tradujo en la incorporación de numerosos pueblos, muchos de ellos con orígenes étnicos diversos y que participan de visiones diferentes y encontradas de lo que significan Rusia y los rusos. Alegóricamente, puede decirse que Rusia es una muñeca rusa, una matrioshka, que incluye en su interior un elevado número de muñequitas más pequeñas, sin que ninguna de ellas constituya su síntesis última.

Tampoco encontramos una filiación entre la Rusia decimonónica y actual en otras dos instituciones emblemáticas de la primera: el zar y la iglesia ortodoxa. El zarismo se encuentra bien sepultado en lo más recóndito del museo de la historia, y la iglesia rusa, si bien ha recuperado en parte su prestigio y autoridad, lo ha hecho de la mano del Estado, que sigue siendo su principal sostén.

Todo esto me lleva a señalar que, si los rusos no son un único grupo étnico particular, y si los viejos emblemas no convocan, entonces, se mantiene vigente la pregunta de qué representa Rusia para sus ciudadanos en la actualidad. Una clara demostración de la dificultad para darle una respuesta conclusiva se refleja en el nombre oficial que comporta el Estado nacido luego de la desintegración soviética: Rossískaya Federatsia (Federación Rusa). En ruso existen dos nociones para designar a los rusos: russki, que alude a aquel cuya lengua de origen es el ruso; y rossianin, el habitante del Estado. Es decir, el nombre oficial no hace alusión a ninguna etnia, sino que designa a los ciudadanos que viven dentro de un Estado, el cual abarca un determinado territorio. La Federación es un Estado multinacional, mas no nacional.
                                                                                                                       
El Mundial de Fútbol está siendo trabajado minuciosamente por los dirigentes rusos, pues les permite mostrar un rostro amable del país. Así ocurrió con los Juegos Olímpicos de Sochi en 2014, en donde no se escatimaron recursos (51 millardos de dólares), se utilizaron modernos medios de comunicación, alta tecnología y una extrema seguridad para participantes, observadores y turistas. Es previsible que la misma estrategia, con sus consabidos resultados, se repita en la gran fiesta futbolera mundial, la cual tendrá lugar poco después de la reelección de Putin como presidente, por lo que se espera que las tendencias que vienen impulsándose desde inicios de siglo se mantengan por la misma senda. Rusia constituye un poder con el cual el mundo, gústele o no, tiene que contar.

Putin y la actual política rusa
En los noventa del siglo pasado el publicitado ultranacionalista Vladimir Zhirinovski alzó su voz en defensa de Rusia, reviviendo los viejos demonios del eslavismo; sin embargo, las acciones más logradas se desarrollaron en el presente siglo y han ido de la mano de Vladimir Putin en sus roles de primer ministro y presidente. El designado de Boris Yeltsin fue elegido presidente por primera vez en 2000 y en los comicios de marzo de 2018 fue reelegido para un cuarto mandato.

Desde su llegada al Kremlin, Putin comenzó a diseñar un programa político propio que pusiera freno al hundimiento que experimentaba la sociedad rusa en los noventa. Sus primeras acciones consistieron en establecer un poder vertical del Estado y de la presidencia y la supresión de facto de los poderes regionales y de sus barones. Para ello se valió de la legitimidad que obtuvo cuando, con mano firme, acabó con la resistencia de Chechenia, con lo cual envió una clara señal de que el nuevo poder no cedería frente a las pretensiones soberanistas de las repúblicas y regiones de Rusia. Enseguida, enfiló baterías contra la oligarquía nativa, aquella que había nacido en los noventa, la cual no solo obtenía todo tipo de prebendas del Estado, sino que lo manejaba sin discreción. Para Putin esta batalla representaba un asunto capital porque solo así podría alcanzar una mayor autonomía para su gobierno. La oligarquía que descolló en el nuevo siglo ha tenido que acostumbrarse a las orientaciones y los dictámenes que emanan del poder presidencial, a que el Estado actúe como garante del desarrollo económico, y ha sido empujada a identificarse con la expansión de las actividades productivas locales y regionales, lo que ha tenido como corolario el resurgimiento de un espacio económico ruso. Al mismo tiempo, el gobierno no ha vacilado a la hora de ejercer control sobre los movimientos e instituciones que osan ir en contravía de las principales orientaciones estatales.

La definición de un referente político que reivindica las glorias propias de Rusia, sin hacer distingos ideológicos, con el fin de cimentar un nuevo ideal de nación, es otro elemento de su mandato. En tal sentido, no dudó a la hora de exaltar la “Gran Guerra Patria” contra los alemanes en la Segunda Guerra Mundial, que brindó una imagen positiva del pasado. Al tiempo que fortalecía el papel del Estado y de la economía de mercado nacional, Putin desplegó una activa política exterior en dirección del llamado “extranjero cercano”, es decir el antiguo espacio soviético, donde viven más de veinte millones de rusos. La apuesta principal ha sido procurar que muchos de estos Estados graviten en torno a Moscú. El momento de mayor paroxismo de esta ofensiva rusa en el extranjero cercano se presentó ante las tentativas de Ucrania de acercarse a Occidente, mediante la suscripción de vínculos más sólidos con la Unión Europea y la OTAN. En 2013, Rusia desplegó una gigantesca batería de acciones para mantener a Ucrania dentro de su redil: apoyó a las milicias separatistas rusas y fomentó la separación de Crimea y la reincorporación de la península a la Federación Rusa. Hoy por hoy, Ucrania es un país fracturado. El gobierno central no ha podido reconquistar los territorios rebeldes en condiciones en que estos últimos no han logrado el reconocimiento de su independencia.

El impasse en últimas ha actuado en favor de Moscú y de Putin, que se presenta como el principal adalid de los rusos nativos y aquellos que viven en el extranjero cercano. Si bien el conflicto ucraniano le valió la condena internacional a Rusia y la adopción de medidas de retaliación económica y de boicot, internamente el balance fue distinto. El conflicto se ha convertido en un importante bastión que ha mantenido elevada la popularidad de Putin, quien se ha mostrado ante su gente como un defensor de los intereses del país. Igualmente, ha alimentado la idea de “país asediado”, del cual muchas veces sus líderes han sacado partido para fortalecer las actitudes patrióticas. Estos factores se han convertido en productores de sentido que convocan y aglutinan a parte importante de la población. Y, por paradójico que pueda parecer, el boicot económico ha tenido un impacto muy limitado. Se han desarrollado actividades económicas “nacionales” para satisfacer las necesidades internas. Con el paso de los años se han cumplido las demandas básicas del mercado interno y en varias ramas el despegue ha sido tan pronunciado y se ha visto favorecido por un devaluado rublo que se retornó a la senda de las exportaciones industriales y sobre todo de las agrícolas. La paradoja, por tanto, consiste en que, si con el bloqueo se quería debilitar la economía nacional, el modelo actual dista de aquellos tan erráticos como el de los noventa cuando el motor de la economía estaba representado por las finanzas o por los hidrocarburos de la primera década del siglo XX. Esto se ha convertido en un nuevo espaldarazo al nacionalismo de Putin, porque son más extensos los grupos sociales que se han beneficiado del desarrollo y crecimiento de la economía.

Contemporáneamente con el conflicto ucraniano, el Kremlin focalizó su atención en el Medio Oriente, convirtiéndose en engranaje fundamental de la sangrienta crisis siria a través del apoyo al régimen de Al Assad y los reiterados vetos a las iniciativas que se han presentado en el Consejo de Seguridad de la ONU en contra del gobernante sirio. Su papel en este conflicto ha sido tan grande que cambió por completo la correlación de fuerzas. Si en un momento la presión externa y la oposición interna tenían a Al Assad contra las cuerdas, hoy en día este dicta los términos de desarrollo del conflicto.
Numerosos han sido los factores que llevaron a Rusia a intervenir. En síntesis, a través de los conflictos en Siria, Putin ha logrado elevar el papel internacional de Rusia y en el plano interno le ha servido de caldo de cultivo para incrementar el patriotismo ruso que hoy no reconoce distingo ideológico.

Putin ha demostrado grandes dotes para incrementar el soft power de Rusia. La creación de medios de comunicación internacionales —Sputnik news, RT news— y el uso masivo de redes sociales con fines políticos específicos han sido los recursos que más polémicas ha despertado. Sin embargo, no son los únicos. También ha logrado despertar la simpatía, admiración y apoyo mutuo con numerosas organizaciones y personalidades de extrema derecha. Para varias de ellas, Rusia representa el caso más logrado de defensa de la integridad de la nación en condiciones de globalización. El enigma ruso señalado por Churchill ha vuelto a aparecer una vez más: de haber sido uno de los principales faros del comunismo mundial durante el siglo XX, hoy por hoy, representa el modelo que inspira a muchas de las derechas más recalcitrantes.

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