El destino de la docencia en la galaxia de la INTERNET

educacion virtual por coronavirus
21/04/2020
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Por: Luis Orozco
Profesor de la Facultad de Administración 
Ph.D en Filodofía, Universidad de Louvain, Bélgica
Publicado en: La univesidad necesaria


Soplan vientos nuevos y las urgencias del día han hecho cambiar de repente las prácticas docentes en las universidades. Antiguos y nuevos, los profesores han tenido que acudir a su imaginación para encontrar los contenidos, estrategias y herramientas más apropiados para continuar la labor docente sin malograr los objetivos de aprendizaje previamente establecidos sin un fuerte componente virtual. Los éxitos alcanzados están aún por verse, pero la cruda realidad es que en adelante esta actividad, que forma parte del trabajo académico universitario, está en pleno proceso de transformación. La retórica sobre este campo, a la que se estaba tan acostumbrado, quedó sobrepasada por la perentoriedad de la acción requerida para que las instituciones de educación superior sigan teniendo alguna vigencia, legitimidad y viabilidad.

Lea AQUÍ: Herramientas y tips para dictar clases virtuales.

No es un problema de coyuntura. Bien vale la pena preguntarse por el destino de la docencia en las universidades en las que predominaba un formato tradicional de magistralidad, centrado en contenidos disciplinarios, en la autoridad del profesor, en la memoria del estudiante, en los períodos de tiempo predeterminados, espacios definidos y con sistemas de evaluación que garantizaba el logro de una cierta “capacitación” cercana, tan solo cercana, al desafío de la tarea formativa de la universidad como forjadora del carácter y la personalidad del estudiante.

Incorporar la virtualidad en sus formas más variadas es el desafío del presente. Con furor, cada profesor incorpora en mayor o menor grado esta dimensión en su trabajo, con el atenuante de que las circunstancias que atraviesa la sociedad obligan, además, a que se haga totalmente a distancia. En este rapto técnico y emocional por lo tecnológico, parece necesario preguntarse por el destino de la docencia en su más pura significación: como vocación moral, no como trabajo de expertos o instructores aventajados.

¿Qué se debe tener en cuenta para evaluar si el cambio cumple con la vocación moral de la docencia?

  • Tener claro que el objetivo de la clase no es el dominio de la tecnología sino su uso inteligente para el aprendizaje creativo, responsable y crítico.

  • Brindar siempre una información precisa, actualizada y veraz. La ciencia requiere probidad y la engendra.

  • Más allá de la transmisión de contenidos aislados de naturaleza técnica, ampliar la mirada del estudiante con la experiencia vivencial de los contextos en que surgen los problemas que las teorías han pretendido resolver.

  • No olvidar la importancia de hacer un esfuerzo particular por diseñar metodologías, estrategias y formatos de docencia que consulten y aviven la imaginación.

  • Desarrollar la capacidad de convocar con entusiasmo la voluntad de los estudiantes en la solución de problemas, con agallas y el mejor conocimiento disponible.

  • Comprometer y fusionar las capacidades diversas de los estudiantes para el aprendizaje activo e interactivo.

  • Recordar siempre que una buena docencia es aquella que inspira, que fomenta una perspectiva crítica, que amplía el horizonte de intereses de los estudiantes y que incrementa una cierta amplitud de miras. • Recordar que el límite mayor de una buena docencia radica, en ocasiones, en que el profesor no encarne y testimonie los valores de formación que pretende incentivar en los estudiantes. Nadie puede llevar a otro al pensamiento, si éste no hace parte de su experiencia vital. Por eso, el acto de la docencia es la expresión de una vocación más que el ejercicio técnico de un experto.

En esta galaxia de la INTERNET, en que se encuentran las universidades, se debe reconocer el valor y protagonismo de las nuevas tecnologías en los procesos de aprendizaje. El esfuerzo de incrementar su uso corresponde a las instituciones prestadoras de este servicio público que es la educación, pero no deja de preocupar las condiciones técnicas de las que disponen los estudiantes de los estratos de menores ingresos, para quienes el acceso a diferentes plataformas de información les es todavía negado. Parecería que el esfuerzo de los gobiernos en esta materia ha de ser ingente para crear sistemas educativos más incluyentes. En estas circunstancias, vale la pena preguntarse: ¿cuánta justicia social se requiere como condición previa para que las nuevas formas de docencia y su calidad no vayan contra las familias con menores recursos?

Todas las iniciativas en esta materia serán bienvenidas para que las universidades hagan la revolución que se requiere en materia de metodologías de docencia, mediadas por la tecnología. Sin embargo, deberían garantizar la contribución a la formación integral del estudiante, que esta no pase a un segundo plano, que el docente no olvide su “vocación” y que las tecnologías, un valioso medio de aprendizaje, no se tornen en fines en sí mismos.

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