El poder de las palabras

Foto de letras en madera
18/05/2021
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Por: Juliana Bustamante Reyes
Directora PAIIS Uniandes
Versión editada de la publicada originalmente en: Un Pasquín
 
Las sociedades son producto de sus paradigmas, esas ideas e imaginarios que se vuelven regla y que terminan incorporándose en la psiquis de todo el grupo, creando una cultura determinada. En la intensa circulación de información, rápida, sin revisión y generalmente violenta, se pueden identificar estos arquetipos. Pero, sin ir más lejos, en las familias y grupos de amigos se encuentran de frente, todos los días.

En Colombia, y seguramente en muchos otros países, se ha instalado por años un lenguaje coloquial y cotidiano que, no por ser común, deja de ser violento. Es la forma como a diario las personas se refieren a categorías negativas mediante palabras fáciles, con un significado social determinado que evitan tener que resolver la necesidad de utilizar las correctas, que expresen lo que realmente se quiere decir. Y así como las palabras pueden construir, su fuerza y poder pueden terminar dañando y perpetuando opresiones estructurales.

Durante estos días de desorden social y polarización extrema, hemos sabido de estudiantes que subestiman a otros que marchan en ciudades intermedias calificándolos de ‘ñeros’ con una carga profunda de desprecio, e incluso justificando el maltrato al que pudieran ser sometidos. Expresiones que hemos oído toda la vida, como ‘mucho ñero’ o ‘no sea tan gamín’, denotan un clasismo arraigado que busca insultar a partir de nombrar a esas personas excluidas como símbolos de lo que nadie debería ser.

Por otro lado, en columnas y mensajes de políticos y líderes de opinión, por estos días, se encuentran repetidas expresiones capacitistas como gobierno sordo, ciego, autista o cojo para referirse peyorativamente a autoridades que no atienden los reclamos ciudadanos, que no se dan cuenta de lo que pasa en su entorno, que no conectan con sus gobernados o que no avanzan en su agenda. Si, en efecto se necesitan más palabras para decirlo, pero, además de ser más preciso, al recurrir a expresiones correctas se reconoce que la diversidad de otros no puede servir de descalificativo para referirse a lo malo que ocurre en nuestra sociedad.

Más allá de la coyuntura, la más evidente forma verbal de agredir cotidianamente se da contra las mujeres o contra todo lo que se asocie con lo femenino. Pocas cosas más comunes que expresiones como ‘no sea nena’, para hablar de una persona cobarde, ‘vieja histérica’, para referirse a una mujer firme y que alza la voz, o ‘está regluda’, al tratarse de una mujer obstinada, o que está aburrida o cansada. Se descalifica a la mujer a partir de lo que ella es, de sus características distintivas, leídas como defectos o fallas. Con el racismo pasa igual. Se habla de ‘trabajar como negro’ o decir que alguien es ‘mucho indio’: la explotación laboral como característica normalizada de las personas negras y el no plegarse a los estándares sociales normativos, como símbolo de lo repudiable.

Además, en un país tan machista como Colombia, la homofobia es una constante. ‘Tan marica’ resulta una frase muy común para referirse a una persona, generalmente hombre, que es sensible, llora, que tiene un trato suave o que se interesa por cosas que no se asocian a lo masculino. Eso sin contar con el ‘parece un travesti’ para descalificar la apariencia de una persona que se sale de determinados parámetros establecidos.

Durante la pandemia también vimos cómo, del presidente para abajo, se hizo un tratamiento condescendiente y muy maltratador con las personas mayores al tratarlas de abuelitos para justificar con actitud lastimera y compasiva la represión de sus derechos con la idea de que, por su edad, no tienen capacidad para tomar responsablemente decisiones autónomas.

Lenguaje despectivo siempre habrá, segregaciones a veces espontáneas que no entendemos de dónde vienen. Asumir que todo el que pide plata en una esquina es un ladrón, y seguramente veneco, es otro estereotipo que se ha instalado en nuestra percepción de lo que sucede en Colombia. Y nuevamente, descalifica a un grupo marginado que se enfrenta a estructuras excluyentes que agreden y señalan la diferencia como un motivo de discriminación.

En un país que necesita urgentemente tramitar sus diferencias a través de formas no violentas, del diálogo y de las palabras, no pueden seguir ignorándose las luchas de los grupos y poblaciones que permanentemente se someten a esta violencia verbal, cuya denuncia se descalifica también como un exceso de ‘corrección política’. La exclusión empieza por el lenguaje, ése que se usa desde el desconocimiento de la experiencia de ser parte de un grupo marginado, generalmente maltratado y violentado, por no acomodarse a la norma socialmente reconocida como válida. Un verdadero diálogo social necesita partir de palabras adecuadas en donde la dignidad de todos tenga un valor y no en donde algunos sectores, desde la comodidad de sus privilegios, se dediquen al facilista ejercicio de señalar y descalificar porque ‘toda la vida se ha hecho así’.

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