Sesión del proyecto Estudia Bogotá, iniciativa de la escuela de Líderes por Bogotá
Sesión del proyecto Estudia Bogotá, iniciativa de la escuela de Líderes por Bogotá, de la Universidad de los Andes. 
Foto: Archivo particular
16/02/2017
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Líder no es quien tiene un cargo directivo. Ese crédito se lo llevan mejor aquellos que son capaces de motivar el cambio en otros, de entusiasmar a los que tienen a su alrededor para trabajar por una causa.

La tecnología ha roto el esquema triangular de grandes personajes que controlan a los demás con su poder, dado, principalmente, por las asimetrías en el acceso a la información. “Hoy todos podemos ser productores de información, y por eso, muchas veces no se sabe quién empezó un episodio de liderazgo efectivo”, explica Maite Careaga, directora del Centro de Liderazgo Público de Los Andes. “Que dejemos de usar pitillos y ahora los restaurantes ofrezcan la opción de no utilizarlos es un asunto reciente en el que no podemos identificar a un líder”.

El de hoy es un liderazgo redondo, con un estilo humano en el que el ego inflado por las decisiones acertadas y exitosas le da paso a uno más humilde, capaz de admitir los fracasos, con la suficiente resiliencia para sobreponerse a las situaciones difíciles. Esas y una mirada panorámica son habilidades importantes en los líderes contemporáneos.

Y hay una realidad que pinta un escenario complejo: “Siempre hay un experto que pueda resolver los problemas técnicos por más complicados que sean. Es cuestión de encontrar quién y de tener el dinero. Lo difícil es que hoy esos problemas tienden a ser, así como el liderazgo, más humanos, y por lo mismo, no son fáciles de definir porque hay un contenido de comportamientos, incertidumbre y miedo”, explica la experta en liderazgo, estrategia y comportamiento.

La movilidad en Bogotá es un ejemplo latente. Se pueden establecer reglas, crear mejores modos de transporte, asumir políticas, invertir en infraestructura… Pero si la cultura ciudadana no cambia, el resultado puede ser el mismo caos de siempre.

Ahí está la clave: “Todos tenemos la capacidad de ser líderes. Todos deberíamos serlo en los temas que nos importan y al mismo tiempo hacer el doloroso trabajo de adaptarnos a un mundo nuevo”. El liderazgo es ayudar a la gente a hacer ese trabajo de cambio.

Lo paradójico es que, al menos en Colombia, parte de la sociedad quiere ese estilo de liderazgo en el que sus representantes cuenten con ellos, pero al mismo tiempo se exime de su propia responsabilidad.

De acuerdo con la Encuesta de Liderazgo Público, realizada por el Centro de Liderazgo Público de la Universidad, al 75 % no le gusta el estilo de liderazgo que tenemos. Lo  relaciona con autoritarismo y manipulación, pero da poca importancia a los espacios donde cada quien puede tener más influencia, como sus barrios y ciudades.

En el último año, la gran mayoría de los encuestados no se esforzó por que otros cumplieran las reglas ni denunció hechos de corrupción ni motivó la reflexión sobre cómo resolver los problemas que les preocupan. Es decir, no fueron líderes en sus entornos.

La encuesta refleja cierta doble postura frente al deseo y lo que se está dispuesto a hacer para conseguirlo. La buena noticia es que el 72 % piensa que los líderes no nacen sino que se hacen, lo cual es una oportunidad abierta para aprender a desarrollar el potencial.

Con esa idea trabaja el programa Líderes x Bogotá, de la Escuela de Gobierno Alberto Lleras Camargo, de Los Andes, pensado para fortalecer la capacidad de liderazgo público de los jóvenes de la ciudad.  (Ver ‘Liderazgo en la ciudad’)

Liderazgo en la ciudad

El programa Líderes x Bogotá ya completó tres promociones, con 120 graduados, y ha dado frutos interesantes que han encendido el interés de otras ciudades por crear programas similares, explica Maite Careaga, doctora en Ciencia Política y Gobierno de la Universidad de Stanford.

La última promoción tuvo varios casos exitosos surgidos de los estudiantes. El mejor fue ‘En la buena, vecino’, iniciativa que buscaba fortalecer el tejido social de la comunidad de residentes de la Plazoleta de La Hoja (proyecto de 457 viviendas de interés social en el centro de Bogotá) que benefició a víctimas del conflicto armado.

Allí la convivencia está mediada por estigmas, violencia intrafamiliar y consumo de drogas, entre otros. El plan de los seis estudiantes que conformaron el grupo de intervención consistió en la innovación social.

“Quisimos aprovechar el talento de los vecinos para conectarlos y solucionar los retos de convivencia”, explica Ángela Orozco, integrante del proyecto y quien, ahora, ya graduada, lidera la continuidad de la iniciativa como directora ejecutiva de la Fundación +Convivencia.

Con los habitantes hicieron entrevistas individuales, talleres grupales y sesiones de ideación de soluciones. Y se inventaron el Convicubo, un espacio de cuatro caras que dio resultado entre los jóvenes y mejoró la convivencia.

Además, lograron la participación de los residentes en la formulación del Plan Local de Desarrollo para Puente Aranda, lo que constituye un paso hacia el empoderamiento de los habitantes de La Hoja y sus habilidades de liderazgo.

En ese sentido también trabajaron los jóvenes de Estudia Bogotá, otro grupo de Líderes x Bogotá que le apostó a educar en participación ciudadana. El problema principal para ellos, explica Kevin Charry, uno de los integrantes, era “la falta de apropiación” de la gente ante su realidad.

Crearon una Escuela de Participación en la que formaron a 80 personas en pensamiento crítico, pensamiento sistémico y comunicación. “Fue muy enriquecedor, vimos vidas cambiadas”, explica Charry, para quien la lección más importante que recibió y compartió fue que “para ser un líder únicamente hay que levantarse y decir: ‘Yo soy capaz de transformar’”.

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