Orugas venenosas, un problema de salud pública

Imagen de dos orugas que están ubicadas sobre la hoja de una planta.
El contacto con estas larvas puede producir náuseas, dolor de cabeza, hematomas y hemorragias, entre otros síntomas. 
06/04/2018
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No hay antiveneno suficiente para tratar los casos graves de contacto con estos insectos del género Lonomia. La profesora Camila González investiga las características y efectos de su veneno.


Por:
Andrea Linares Gómez

 
Por cuenta de una oruga, Olmar Castañeda, oriundo de Trinidad (Casanare), puso ‘a correr’ al Ministerio de Salud. A finales de agosto de 2016, tuvo contacto con estos insectos del género Lonomia. El accidente con dichas larvas provoca, entre otros síntomas, urticaria, dolor de cabeza, náuseas, hematomas y hemorragias en diferentes partes del cuerpo.

El hombre recibía atención médica en el Hospital de Yopal y el 1 de septiembre de 2016, la procuradora delegada para los asuntos del trabajo y la seguridad social, Diana Margarita Ojeda, radicó un oficio ante el Minsalud con la solicitud expresa de obtener unos frascos de suero antilonómico para administrárselos al señor Castañeda.

La escasez del antiveneno en Colombia, cuyo productor es el Instituto Butantan de Sao Paulo (Brasil), llevó al Gobierno a declarar, en 2014 y 2016, la emergencia en salud pública por su desabastecimiento. Las entregas han sido insuficientes y los 30 viales recibidos en 2014 permitieron atender otros casos reportados hasta junio de 2016.

A la fecha, según datos del Ministerio de Salud, el país cuenta con 10 ampollas del antiveneno y está gestionando la obtención de otras más.

Un paciente que desarrolle manifestaciones clínicas moderadas requerirá al menos cinco frascos del suero; si su caso es grave, hasta 10 de ellos. El veneno de Lonomia es activo las primeras 72 horas, tiempo durante el cual debe administrarse el antiveneno. Alrededor del 30 por ciento de los accidentes graves no tratados con el suero pueden ser letales.

“En los últimos años, ante el surgimiento de nuevos accidentes, Colombia, Perú y Argentina nos han solicitado el antiveneno —explica Fan Hui Wen, gestora de proyectos del núcleo estratégico de venenos y antivenenos del Instituto Butantan—. Al ser una institución pública, no podemos producirlo con el fin exclusivo de donarlo a los países que lo necesitan, sin embargo, ante una emergencia médica, lo hemos hecho. Estos países deben desarrollar con nosotros un convenio o acuerdo de producción para suplir dicha necesidad”.

La producción del suero antilonómico (hecho con larvas de la especie Lo nomia obliqua, que existe en Brasil y Argentina) es compleja. Anualmente, Butantan produce entre 10.000 y 15.000 viales. El año pasado, dice Hui, el instituto recibió alrededor de 5.000 orugas y con su veneno se produjeron cerca de 15.000 frascos. En 1994, Brasil produjo el primer lote.

“La producción incluye la recolección del insecto, la obtención del veneno, su inoculación en caballos para obtener los anticuerpos, la purificación del plasma, la formulación y el envase, además de varias pruebas de control de calidad. Todo el proceso puede llevar más de seis meses”, agrega.

A comienzos de 2015, un niño de 9 años falleció en Puerto Iguazú, Misiones (Argentina), región que limita con el sur de Brasil. Llegó muy tarde a la consulta. Murió por hemorragia intracerebral.

En el área se atienden unos 10 accidentes por año, afirma María Elisa Peichoto, investigadora del Instituto Nacional de Medicina Tropical (INMeT) con sede en esta provincia. A su llegada al lugar, en 2013, comenzó un trabajo colaborativo con el Hospital Público para identificar y tratar con rapidez a los pacientes afectados por el contacto con Lonomia.

Los Andes investiga nuevas especies y sus venenos


En los últimos 10 años, según el Minsalud, en Colombia han ocurrido 35 accidentes por envenenamiento con orugas del género Lonomia , en su mayoría de severidad moderada, particularmente en Casanare y Arauca. Entre 2013 y 2016, se han reportado a la Línea Nacional de Toxicología 12 casos (5 hombres y 7 mujeres). También se han conocido en Vichada, Guainía, Amazonas y Meta.

Camila González Rosas, profesora del Departamento de Ciencias Biológicas de la Universidad de los Andes, les ha seguido la pista a estos accidentes desde 2002, cuando desarrollaba su tesis de pregrado. Hoy indaga qué especies de la oruga existen en Colombia y está caracterizando su veneno.

El género Lonomia podría tener más de 50 especies en Suramérica. En el Casanare, cuenta la profesora, identificaron la especie Lonomia orien toandensis, descrita por un grupo alemán, pero que aún no había sido reportada como propia de la región. “En estudios genéticos a otra oruga, que también creíamos que era Lonomia achelous, nos dimos cuenta de que era una nueva especie y la estamos nombrando y describiendo”, agrega. En el Amazonas también han encontrado especies no descritas. 

Precisamente, está trabajando en la identificación de las especies existentes en Colombia con investigadores del Instituto Humboldt, la Universidad Javeriana y el Museo Nacional de Historia Natural de Francia. Para ello, están contrastando el ADN de las orugas con el del insecto adulto (polilla).

"Extrajimos el veneno de las dos especies halladas en Casanare, para saber qué proteínas contiene y cómo altera la casacada de la coagulación. El paso siguiente es probar el antiveneno para saber si funciona –afirma González–. Hay más de dos especies causando accidentes en Colombia y creemos que debe producirse un suero polivalente que funcione para todas ellas".

En el país, según Minsalud, se han descrito especies como L. achelous, en Casanare; L. descimoni, en Guainía; L. rufescens, en Valle y Boyacá; L. occidentalis, en Valle, Caldas y Antioquia; L. armanta, en Bogotá; y L. inexpectata, en la ruta Bogotá–Villavicencio. L. obliqua y L. achelous (también presente en Venezuela y Guayana Francesa) fueron identificadas en los síndromes hemorrágicos graves.

Efectos del veneno

El veneno liberado por la oruga, tras el contacto con sus espinas, ingresa al torrente sanguíneo a través de la piel y bloquea los factores de coagulación. “Provoca que los vasos se debiliten y rompan y que haya sangrado espontáneo. El sistema de coagulación comienza a producir fibrina para controlar la hemorragia, pero esta malla no logra mantenerse y se disuelve, pues los factores que la estabilizan han sido bloqueados. El sangrado puede ser nasal, gingival, abdominal e intracerebral. Las alteraciones en la coagulación pueden aparecer de 12 a 72 horas después del accidente”, explica el médico toxicólogo Javier Rodríguez.

En el mercado existen medicamentos —antifibrinolíticos— que reactivan los factores encargados de la coagulación y su uso es muy frecuente en hemorragias uterinas, comenta. Aunque se han probado como una alternativa para contrarrestar el efecto del veneno de la oruga, en la práctica, dice, no han logrado los resultados esperados.

“En los casos severos, el paciente podría fallecer en cuestión de horas, dependiendo del grado de compromiso del sistema de coagulación y el lugar del sangrado. Cuando es intracerebral, aumenta la posibilidad de morir. También, si se desarrollan complicaciones secundarias como una insuficiencia renal”, agrega el especialista. 

La situación en Casanare

Históricamente, Casanare ha sido el epicentro de los accidentes con Lonomia. Desde 2004, Nazario Rivera, técnico de salud pública de la Gobernación de ese departamento, les ha hecho seguimiento. Muchas veces se ha dedicado a alimentar las orugas hasta llevarlas a polillas, que posteriormente envía a la profesora Camila González.

En meses recientes se presentó un accidente en Villanueva y otro en Trinidad. “Nos preocupa que las orugas están muy cerca de los caseríos. Buscan lugares muy húmedos, les gustan las riberas de los ríos e, incluso, han aparecido en un balneario de la región”, relata Nazario.

Luz Miryam Velandia, habitante de Caribayona, un caserío próximo a Villanueva, tuvo contacto con estas orugas en agosto pasado, al apoyar su mano sobre una cepa de mango. Sintió haber rozado una hoja de ortiga y comenzó a rascarse. Llegó a su casa y se aplicó alcohol y limón. “Mi patrona fue por la tarde a mirar el árbol y me dijo que había unos bichos grandes y feos. Los quemaron”.

Comenzó a sentir dolor de cabeza, fiebre y náuseas. Fue a la droguería y le administraron una inyección. Al tercer día le aparecieron hematomas. Decidió acudir al médico, donde le practicaron un examen de sangre que arrojó alteraciones en su coagulación. Fue remitida a Yopal y supo, entonces, que la causante de sus molestias era una oruga Lonomia. Le administraron antiveneno.

Nazario se ha topado con colonias de orugas ubicadas a 300 o 400 metros de las viviendas. Una colonia puede tener de 100 a 200 insectos. Cuando están en su última fase de larva, se desplazan a lugares propicios para su mudanza, en un recorrido de 2,5 kilómetros en línea recta.

El aumento de las colonias puede deberse a cambios ambientales y a procesos de deforestación, lo cual hace que estos insectos busquen su fuente de alimento en otros lugares, cerca de las viviendas donde, generalmente, hay árboles frutales que lo proveen.

La Lonomia , con facilidad, se vuelve urbana. Así que los accidentes seguirán ocurriendo. Lo que preocupa es que no haya suficiente antiveneno para tratarlos cuando estos vuelvan a suceder. 
Los primeros casos
En Colombia, los primeros accidentes fueron descritos en 2001 por los investigadores Daniel Pineda, Ángela Amarillo, Julio Becerra y Gabriel Montenegro.

Una de las vícitimas, de 26 años, oriunda de Nunchía (Casanare) falleció el 9 de septiembre de 2000 (cinco días después de su llegada) en el Hospital San Carlos de Bogotá, tras desarrollar una insuficiencia renal secundaria.

El antiveneno no alcanzó a llegar y luego se supo que las orugas causantes fueron identificadas como L. achelous.

Otra mujer, de 21 años, de San Luis de Palenque (Casanare), llegó al mismo hospital el 20 de septiembre de ese año. Presentó sangrado vaginal y en las encías. Se le aplicaron dos ampollas del suero antilonómico. Sobrevivió.

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