Aprender a ser humano

Grupo de Memoria Historica

Aprender a ser humano

14/02/2014
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Hace cinco años acepté participar en el esfuerzo colectivo emprendido por el Grupo de Memoria Histórica de reconstrucción de las dinámicas de la guerra desde las memorias de las víctimas. Este viaje a los infiernos me obligó a modificar paradigmas y certezas sobre la condición humana.

María Emma Wills Obregón
Doctora en filosofía, University of Texas
Profesora - Ciencia Política, Universidad de los Andes
Asesora - Centro Nacional de Memoria Histórica/p>

La maleabilidad humana

¿Es posible pensar que tenemos inscritas en nuestro código genético fronteras 'naturales' que imponen límites al sufrimiento que una persona es capaz de infligir a otra?... Escuchando las memorias de las víctimas en la región Caribe aprendí que no.

Recuerdo, por ejemplo, el relato de un juicio ejemplarizante perpetrado por la guerrilla. En una tarde húmeda, en una vereda remota, sentado en un butaco, el hombre acusado de sapo y ladrón, sufrió, frente a niños, niñas, jóvenes y adultos, una tortura pública. "Ahí fue cuando sufrí mi primera trombosis. De los nervios me desmayé y luego no recuerdo más".

Si este fue el impacto sobre una mujer adulta, ¿cómo habrán procesado esta escena los niños y las niñas que fueron obligados a hacer parte del círculo del público mudo e indefenso?

Los paramilitares también cometieron atrocidades pero en una escala mucho más masiva. En el Caribe, una y otra vez, escuchamos de toques de queda, regulación de conductas, prohibición de rituales fúnebres, centros de torturas, escarmientos, humillaciones y masacres públicas. Con regulaciones arbitrarias y atroces, estos grupos sumieron a pueblos festivos en un silencio denso.

Rememoro estas escenas, no para levantar un dedo acusador contra los jóvenes que ingresaron a las filas paramilitares o guerrilleras, pero sí para enjuiciar a quienes, con poder y privilegios sociales y políticos, diseñaron estas organizaciones.

Así como los nazis convirtieron en técnicas y rutinas la deshumanización de sus víctimas judías y pusieron en pie un sistema de campos de concentración que incluían hornos crematorios y una esclavitud en masa de los sobrevivientes, las organizaciones armadas colombianas, cada una con sus especificidades, construyeron discursos, adiestramientos, lenguajes, códigos de conducta, técnicas que deshumanizaron a sus víctimas y de paso a ellos mismos; inculcaron en sus reclutas experticias escabrosas, y normalizaron los peores actos de sevicia.

Como un engranaje preciso, cada organización, respondiendo a sus criterios políticos, sociales y culturales, moldeó la conducta de sus integrantes con una sofisticación aterradora. Que respondan entonces esos "ingenieros" de la atrocidad, esos ajedrecistas militares y civiles que diseñaron estas organizaciones para defender sus intereses y sus concepciones políticas.

La violencia sexual

La última mujer que entrevisté esa tarde de abril no desempeñaba un papel de liderazgo en su vecindario. Vivía con sus padres y sus hijos, en una casa humilde. Es una mestiza hermosa, de ojos color ámbar y tez canela. Los hombres armados lo hicieron en la noche. Quitaron la luz del barrio, rodearon la casa con sus Troopers y motos, y encapuchados y fuertemente armados, invadieron su hogar con sus gritos y su soberbia. Vociferaban como locos "¿dónde están las armas?"; "¿dónde está el hijueputa guerrillero?". Cuando ella, aterrada, respondió que no tenía compañero, que no había armas, que el único varón de la casa era su padre anciano, se la llevaron al patio trasero y todos hicieron con ella lo que quisieron. La violaron en grupo, 'hasta que me rompieron y se me unieron las partes'... Sus padres, impotentes, lo escucharon todo, y con pocas semanas de diferencia, enfermaron y murieron.

¿Sabían estos cafres que ella no tenía compañero?... Intuyo que sí y que hicieron el montaje para alardear de su capacidad de dominio ilimitado. Pero, ¿qué puedo yo escribir sobre este testimonio desgarrador? ¿Que unos hombres desaforados, comportándose como fieras, despedazaron un cuerpo femenino que resaltaba por su belleza? Si es así, ¿qué rastros de humanidad me vinculan a mí con esos infelices? ¿Cómo introducirme en sus lógicas para descifrar lo ocurrido? Tan negada a excluir al otro del círculo de lo que concibo como humano, confrontada a estos hechos, me veo, en este caso, incapaz de acogerlos y emprender un viaje imaginario para recrear lo que sintieron o sus motivaciones.

Con esta expulsión de mi círculo, emerge una mirada atónita, femenina, que no puede creer lo escuchado. Empieza una transformación, inconsciente, de mi comprensión sobre la identidad y el cuerpo masculinos. Me aproximo a él, no con regocijo y deseo, sino con sospecha acusatoria. ¿Cuál es ese afán de dominar, objetivar, domesticar, ultrajar y deshacer esa belleza femenina que en la mayoría de los casos nos deja con el sentimiento de estar en presencia de un milagro reconfortante y luminoso? ¿Qué es lo que tanto irrita al macho armado cuando ve avanzar por una calle polvorienta a una mujer humilde y bella, con porte de reina? ¿Simplemente que no le pertenece? ¿Es entonces cuando tiene que doblegarla, arrastrarla, dominarla, vejarla, destruirla para arrebatarle ese caminar erguido, indiferente a su presencia?

Puede que ese porte de libertad femenina inconsciente e involuntaria sea el mecanismo que desata la ira de uno de los perpetradores y lo lleva a urdir el ataque. Pero ¿cómo explicarse que los demás lo sigan? ¿Que no sientan repugnancia ante tanta bestialidad infligida ante un cuerpo indefenso, ajeno a la guerra, ajeno a la política, ajeno a los odios activados en ese choque de amigos/enemigos?

Los impactos sobre el cuerpo y el sentido de la vida

Escucho los testimonios de las víctimas y descubro a través de sus voces que, en mi país, la sevicia y la ferocidad han traspasado los límites de lo que yo era capaz de imaginar. Escudriño en mi interior y no encuentro ese yo profundo capaz de resistir, incólume, ante la atrocidad. Naufrago ante el horror. Luego de esta extenuante escucha, paralizada, me detengo, perpleja, ante el mundo y la vida, y reconozco que he dejado de saber quién soy, para qué sirvo y quién quiero ser. Estoy en silencio, sin palabras, desorientada.

Además del duelo interior, la escucha deja otras huellas. Frecuentemente se desatan unas migrañas que me producen una sensación de expropiación de mi cuerpo y de mi capacidad de hacer de mi 'destino' un proyecto propio y no una sucesión de hechos incontrolables. Es como si una fuerza oscura me arrebatara el dominio y quedara a la merced de un dolor que, cuando se anuncia, me produce pánico. De percibirme como sujeto con capacidad de agencia, vivo una metamorfosis y me ubico en un lugar de 'cosa-cuerpo' sobre la que suceden sensaciones con la contextura de maleficios que caen sin saber por qué. No puedo pensar; no puedo moverme; no puedo reaccionar. Entumida en medio de las sábanas, solo me queda esperar a que la ola calme.

Retrospectivamente, descubro que la migraña expresa un duelo que no encuentra la forma de exteriorizarse para tramitar la carga y abrir la puerta de nuevo hacia la lúdica, el deseo, el curso normal de la existencia.

De la infamia a la esperanza

Y sin embargo, luego de unos meses, regreso a la vida. Lo hago de la mano de mi familia y de esa comunidad de colegas empáticos, víctimas que se han transformado en amigas, y conocidos de toda una vida.

La amistad de quienes no comparten mi suerte –las víctimas desamparadas que se levantan día a día a luchar contra el hambre— me ayuda a sobreponerme a la inhumanidad develada en los sucesos de la guerra. Descubro, luego del trabajo en campo, que ya no me es ajena la suerte de María, Esther, Roberto y Rosa, así como para ellos ya no les es extraña mi vida.

A pesar de pertenecer a mundos distantes, tejemos, sin proponérnoslo, una empatía que me permite descubrir de nuevo nuestra humanidad compartida. Me convenzo entonces como académica que este viaje a los infiernos, a pesar de los traumas y las fracturas personales que ha causado en mi vida, no ha sido en vano. Ahora sé que comportarse como humanos es un aprendizaje y no un rasgo inherente a nuestra especie. Este conocimiento puede surgir de convicciones abstractas pero indudablemente se potencia cuando emerge de una práctica que nos lanza fuera de nuestro mundo familiar y nos permite hilar solidaridades con extraños.

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