En el corazón del Buen Pastor

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Recorren con frecuencia la cárcel de mujeres más reconocida de Colombia. Son abogados, dan asistencia jurídica, pero también de emprendimiento o talleres de escritura... ¿Qué se encuentran en ese lugar en el que, tras un momento, se siente 'la incontenible necesidad de salir'?

Por: Libardo Ariza Higuera
Doctor en derecho, Universidad de Deusto. Codirector del Grupo de Prisiones
Universidad de los Andes

Entrar a la cárcel

Un poco antes de las nueve de la mañana hay que llegar a la puerta de entrada del Buen Pastor, nombre con el que se conoce a la reclusión de mujeres de Bogotá. Los pavos reales que caminan tranquilamente en el césped del asentamiento militar adyacente parecen observar indiferentes a los visitantes que cubren la distancia entre la Calle 80 y el portón de entrada a la cárcel. El Buen Pastor se mimetiza silenciosamente con los conjuntos cerrados de vivienda que la rodean, se esconde tras las casas de la gente libre y parece confiar en que la vergüenza y el oprobio del encierro sean borrados por la misma actitud ciudadana que hace caso omiso de las penosas condiciones de reclusión que soportan las mujeres privadas de la libertad.

La pequeña calle que conduce a la cárcel se encuentra colmada de personas. De pie o sentadas en un andén cualquiera indagan por una mujer encerrada mientras depositan en el suelo un paquete que contiene la encomienda carcelaria básica: una colchoneta, unos cuantos rollos de papel higiénico, crema para los dientes, jabón y, en ocasiones, alimentos para la semana que empieza. Dirigiendo las miradas hacia un enorme cartel que informa qué tipo de elementos están prohibidos en una cárcel, parecen tratar de identificar si alguno de ellos se encuentra en la bolsa de plástico que contiene la encomienda. La enorme puerta azul que separa a la cárcel del tradicional barrio bogotano se abre de manera intermitente para permitir la entrada de los funcionarios, hombres y mujeres, que esperan iniciar su jornada.

Durante cerca de año y medio en el equipo del Grupo de Prisiones de la Facultad de Derecho hemos formado parte de esta rutina cotidiana de ingreso a la cárcel. Algunos días por la tarde, como los lunes, para realizar sesiones de asistencia jurídica a las internas, así como talleres de escritura y de emprendimiento empresarial. Otros días, llegamos un poco antes de las siete de la mañana para dictar sesiones sobre derechos humanos al personal de guardia y custodia que inicia sus labores diarias. A esa hora apenas hay personas frente a la puerta azul y el Buen Pastor parece amanecer tranquilo en medio del frío y el hacinamiento.
Prisioneras de la guerra contra las drogas

En el último control de seguridad, antes de llegar a la parte interna del establecimiento, se observa la cartelera con los resultados del último conteo. El tablero escrito con marcador indica que actualmente se encuentran recluidas 2.162 mujeres y que la capacidad del mismo es de 1.275 personas. El desequilibrio entre cupos e internas se traduce en un hacinamiento cercano a 70%.

El Buen Pastor refleja la situación general de las mujeres privadas de la libertad en Colombia. En apenas seis establecimientos se encuentra 42,5% de la población interna femenina. La escasa infraestructura, que se caracteriza por instalaciones antiguas y precarias, se une al aumento exagerado de las mujeres encerradas –que creció 329% entre 1990 y 2013– para generar un índice de hacinamiento general de 86%, treinta puntos porcentuales superior al soportado por los hombres presos en Colombia.

Este crecimiento rápido y continuo de la población penitenciaria femenina se remonta al inicio de la guerra contra el narcotráfico. Mujeres de escasos recursos, que encuentran en el microtráfico su principal medio de subsistencia, engrosan las filas de las vencidas en una guerra desigual plagada de victorias pírricas. Después de todo, siempre se podrá decir que el número de mujeres condenadas por narcotráfico ha aumentado 206,6% en los últimos diez años en Colombia. Este aumento resulta aún más significativo si se tiene en cuenta que las mujeres sindicadas y condenas por narcotráfico representan 48,9% de toda la población interna femenina.
El corazón del Buen Pastor

La presión del hacinamiento se empieza a percibir al cruzar la última puerta. Las miradas tensas y cansadas de internas y guardias parecen augurar la tragedia. Avanzamos por el pasillo que conduce a los patios principales en medio de las risas y llanto de varios niños y niñas, algunos en brazos y otros aprendiendo a caminar, que se encuentran recluidos con sus madres en el Patio 4, conocido como la guardería de la prisión. Actualmente hay 32 menores de tres años en el Buen Pastor. Según el Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario, hoy son 133 niños(as) los que están con sus madres en los distintos establecimientos administrados por el Inpec. En todo el país hay encerradas 28 madres lactantes y 125 gestantes. A pesar de los esfuerzos del personal de guardia y custodia por lograr que este patio parezca un jardín infantil y por aislar a los niños y niñas de los rigores del encierro, las enfermedades respiratorias y las erupciones en la piel que constantemente sufren, muestran que la prisión no es un lugar para niños.

Unos metros más adelante, antes de pasar por la panadería, frente a la Oficina de Tratamiento Penitenciario, se encuentra el Patio de Justicia y Paz, en el cual están recluidas cerca de una docena de mujeres postuladas a la Ley 975 de 2005. Por razones de seguridad apenas salen de su patio y, cuando lo hacen, por lo general van rodeadas de un par de guardias que velan por su integridad en los patios comunes.La presencia de excombatientes, no solo en el Buen Pastor sino en las distintas cárceles que han sido acondicionadas para albergar pabellones de Justicia y Paz, ha convulsionado a una institución lastrada por el hacinamiento y la violación de derechos humanos que debe asumir el enorme reto de contribuir a la reintegración pacífica de personas que han participado en atrocidades.

Mientras dejamos atrás el Pabellón de Justicia y Paz nos vamos acercando al corazón del Buen Pastor. El largo pasillo que conduce al área central de la reclusión, en donde están la Oficina de Derechos Humanos, el Salón de Belleza, la Iglesia y el Rancho, atraviesa los patios de la cárcel. Los barrotes que protegen los patios son sorteados por los gritos de las internas que ejercen el cargo de ordenanzas, recorriendo su patio buscando nombres para entregar documentos y llevar razones al personal de guardia y custodia. El intenso olor a humedad y cañería parece penetrar la ropa extendida en las ventanas de los pabellones, combinándose con el aroma que desprenden los platos de comida que algunas internas llevan en sus manos mientras caminan hacia el patio. El encierro se cierne sobre nosotros y tras apenas un momento en el Buen Pastor sentimos la incontenible necesidad de salir, de respirar el aire libre.

Aun sabiendo que antes de que se oculte el sol, que a las cuatro de la tarde estaremos cruzando la puerta de salida, unas pocas horas en el corazón del Buen Pastor nos producen angustia. No nos corresponde juzgar si las mujeres encerradas en cualquiera de las prisiones colombianas merecen la pena que se les impuso, pero no podemos evitar pensar que diez años –la condena de 82% de las mujeres privadas de la libertad– pueden parecer una eternidad en el infierno del sistema penitenciario y carcelario colombiano.

Historias de mujeres en la cárcel

'La Cachetona'
Está cerca de los 60 años y es su tercera temporada en prisión. En su celda escribió su vida en cuatro cuadernos escolares en los que narró su ingreso a una cárcel por primera vez, tras una condena de nueve años por estafa. Fue en el 95, cuando el mayor de sus hijos tenía apenas 17 años. "Sentí un dolor intenso que no tendría final –escribió al recordar el anuncio de su pena–. Lo único que quería era morir". Ahora, habituada a la sensación del encierro, conoce el sistema y tiene claro que "el abandono es un clásico en la vida de la mujer encerrada". Es como una  matrona; le da consejos a quien se los pide.

Con la madre presa
Todos los sábados llega al Buen Pastor a las tres de la mañana para reclamar turno para ver a su mamá. Vuelve, duerme un poco y regresa a la hora indicada. "La vida se nos derrumbó en quince días. Fue un golpe muy duro para nosotros, pero mucho más para mi mamá". Estudiante de periodismo, este joven que pensaba: la cárcel es "el infierno en vida", lo sabe ahora que lo conoce. Es mucho peor de lo que se imaginaba. "Es extenuante e indignante. No estoy acostumbrado. No es normal acostumbrarse a la arbitrariedad". Con todo esto ha empezado a ver quiénes son amigos de verdad.

'La Chiqui'
Era la consentida en una familia de clase media. A los 12 probó la marihuana y a los 14 se fue de la casa. A los 20 trabajó en una olla. Fue 'campanera', expendedora, ladrona y habitante de calle. Se unió a una cuadrilla de atracadores, hizo paseos millonarios, robó en almacenes y estafó con tarjetas robadas. Cayó en la cárcel y, tras 34 meses, salió por buena conducta. Pero aprendió a ingresar droga al penal en su vagina y cayó de nuevo. Ahora paga 11 años y lo único que piensa es en salir para ir a abrazar a su mamá y a su abuela y pedirles perdón. No está segura de no volver a robar.

La mula
Embarazada, aburrida de las golpizas de su marido y con tres hijos, entró droga a la cárcel para sostenerse. Parecía una tarea rentable, en contraste con la panadería y otros oficios que había tenido. Pero la delataron y cayó presa cuando la menor de sus cuatro hijos tenía 7 meses. Recibió detención domiciliaria de cinco años y cuatro meses, que aprovechó para seguir en 'la vuelta'. Volvió a caer, perdió todos los beneficios y fue a dar a la cárcel 64 meses. Allí –dice– lo único que se siente al comienzo es pánico. Luego llegan la soledad y la sensación de que el tiempo no avanza.

Madre e hijas reclusas
"Sentirme lejos y olvidada, incluso por mi familia, es lo peor. Me afectan mis nietos. Cuando los vemos parecen unos gamincitos. No poder estar con ellos es la tortura más dura. Estar en la cárcel es estar muerto en vida". Esa es la visión de una mujer que cayó presa junto a su hija por porte y tráfico de estupefacientes. Son 64 años de condena, que empiezan a reducirse porque ambas asisten a talleres en la prisión, donde han sido hasta amenazadas de muerte. Estando juntas se dan ánimo y sueñan con la libertad para emprender otro destino. "Uno comete un error una vez, no dos".

En cifras
6 centros de reclusión de los 141 a cargo del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (Inpec) son exclusivos para mujeres.
329% creció la cantidad de mujeres presas en Colombia durante 23 años. Pasaron de cerca de 2.000 a 8.500 entre 1990 y 2013.
86% es el índice de hacinamiento en las cárceles femeninas. En el resto, es de 53,7%.
42,5% de las reclusas del país están internas en cárceles para mujeres.
48,9% de las condenas están relacionadas con narcotráfico, 19,27% con hurto y 11,49% con homicidios.

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