Un futuro sin falla

Elva Marina Santander recorre las calles de Gramalote

Elva Marina Santander recorre las calles de Gramalote

06/01/2011
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Por: Margarita Arteaga Cuartas
cm.arteaga2017@uniandes.edu.co

Sus camisetas dicen 'Gramalote vive'. En su mente no hay lugar para la derrota. Es una maestra rural con 20 años de experiencia, una mujer entre las 10.168 familias que sigue la Encuesta Longitudinal y cuya vida se partió en dos cuando su pueblo fue destruido por una avalancha. Elva Marina Santander se sacude la nostalgia y desafía el porvenir.

Dieciocho estudiantes de primaria y su profesora Omaira le quitan el sueño a Elva Marina Santander Morales, una maestra que por su temple y aspecto, y pese a su tristeza, parece que pocos motivos tuviera para desvelos.

Los niños, entre 6 y 14 años, son los únicos alumnos de Jácome, la escuela –averiada por decenas de grietas– de la vereda del mismo nombre, construida sobre la falla geológica que provocó el derrumbe del Cerro de la Cruz y el desplome de Gramalote (Norte de Santander), entre el 16 y el 20 de diciembre de 2010.

Unas 40 casas quedaron enterradas. A cuatro kilómetros del desastre, de lo que quedó de Gramalote, y justo en el punto donde se desprendió la montaña, está Jácome. Allí el riesgo es inminente: una nueva desestabilización del suelo arrasaría la vereda y sus 200 habitantes, entre ellos la profesora Omaira y los alumnos de Elva Marina. "Si la naturaleza permitió que 6.000 gramaloteros nos salváramos, es probable que no sea tan magnánima con la gente de Jácome", advierte con zozobra Elva Marina.

Además de su angustia, Elva Marina trabaja y sobrevive entre recuerdos y sueños. Desde hace tres meses, cuando debió evacuar su hogar con enseres y añoranzas al hombro, vive en una pequeña casa que alquiló en El Zulia, a 35 kilómetros de su natal Gramalote. Desde entonces, viaja a diario hasta el pueblo por una carretera que se bloquea dos veces a la semana por los deslizamientos de piedras.

Recuerdos entre grietas

Aparte de visitar las ruinas de su casa, trata de salvar a su gato, 'Luisito', que como muchas mascotas en Gramalote huyó asustado por los sismos, se refugió entre los escombros y desde hace más de dos meses permanece refundido a la espera de su rescate. Elva Marina lo busca entre las casas de los vecinos. Lo llama y trata de atraerlo con un pedazo de pan remojado con leche, pero el intento es infructuoso.

Guiada solamente por los maullidos que se escuchan entre montones de piedra, sabe que sigue vivo y eso la tranquiliza. Le deja algo de comida y agua, y espera el siguiente día para reiniciar la búsqueda. Luego retorna a lo que quedó de su vivienda.

Ubicada en el sector Barrios Unidos, en la mitad de una cuadra hoy cercada por escombros, basuras, paredes a punto de caer y perros escuálidos que mueren de hambre en busca de sus amos, se ve todavía la placa 7-51 de la carrera Séptima. Se cuentan 20 baldosas de cerámica marrón, el mesón de la cocina, botellas y costales dispersos en el piso. En las paredes desteñidas se lee: 'Gramalote, no te olvidaremos. Te amamos'.

"Lo demás, lo que no pudimos llevarnos, se lo robaron: unas camas, los caballetes y pinceles que teníamos de recuerdo de nuestro 'Nono Pacho' –el abuelo materno–, los marcos de las ventanas, los tubos del agua, las tejas y hasta las instalaciones eléctricas", cuenta con tristeza.

Recorre también el vecindario. Camina por lo que quedó del centro de salud, del único banco y de la casa donde vivía Carmen, una de sus hermanas menores. "Tenía una miscelánea, le iba muy bien, estaba bien surtida y no le tenía nombre, por eso la gente conocía el lugar como 'El Ley del pueblo'. Después del derrumbe y el sismo, lo saquearon completamente y lo que no se llevaron, lo dañaron".

Explica que es doloroso recordar que muchos conocidos saquearon las casas, pero insiste en que, como ciudadana y educadora, debe volver a trabajar por el pueblo y su gente. "Yo quería ser policía para ayudar a la comunidad y no pude. Igual, como profesora tengo la obligación de trabajar por mi gente, sin rencores – subraya–, así muchos conocidos sean los responsables de toda esta tragedia, porque fue más el daño de la misma gente que el de la naturaleza. No pierdo la fe en las personas".

Luego de una pausa para recordar, sigue su camino rumbo al trabajo. La jornada es una caminata de más de 10 kilómetros por la zona rural de Gramalote, donde visita las 14 sedes del Centro Educativo Rural San Isidro, del que es directora, y al que pertenecen los 18 niños de Jácome y otros 292 estudiantes. Son más de cinco horas de camino a diario, unas 30 horas a la semana, recorriendo pequeños tramos de la Cordillera Oriental, muy cerca de Gramalote. A veces con sol, a veces con lluvia, pero siempre comprometida con sus 310 alumnos y sus 20 colegas. "Yo me debo a mis alumnos –dice– y ahora más que nunca a la reconstrucción de nuestro pueblo y a mejorar las condiciones de estos estudiantes". Por eso insiste ante las autoridades para que no se olviden de los niños de Jácome.

Esperanza viva

Una de las preocupaciones constantes en la vida de Elva Marina, educadora rural por excelencia, es la preparación de sus alumnos. Está convencida de que esa es una posibilidad para soñar y así se lo dijo a la Encuesta Longitudinal, cuando los recolectores de datos llegaron a Gramalote para entrevistar a 18 familias, 20 días antes del desastre. Mientras Elva Marina se aferra con fuerza a su sueño, en Gramalote todavía la tierra se inclina, las calles se mueven y el suelo se revienta. Allí se ve a diario un desfile de parroquianos que vienen y van obviando las señales de peligro. Todos quieren tomar la foto que muestra cómo, día a día y centímetro a centímetro, se desmorona este municipio, conocido en la historia del país por ser cuna de curas y militares, y ser bautizado y reubicado dos veces.

Hoy espera la tercera refundación.

'Quiero un nuevo Gramalote'

"Eso sí, lo único que yo pido es que en el nuevo Gramalote no se hagan ni discotecas ni bares al pie de la iglesia", advierte la profesora, con lo cual exalta la tradición católica y conservadora que históricamente ha caracterizado a este pueblo, donde lo primero que se construyó –hace 153 años– fue la iglesia, de la que muchos vecinos rescataron imágenes, elementos religiosos y osarios. Y agrega: "Que se levante el pueblo como era, pero con algunas casas que les sirvan de paso a los campesinos que vienen a comercializar sus productos, o que sean centros de recuperación para las mujeres que llegan de las veredas a tener sus bebés al pueblo, porque da tristeza ver que nadie piensa en los campesinos".

Así es Elva Marina, una mujer que casi todos los días viste una camiseta que dice 'Gramalote vive', y en quien no hay lugar para la derrota. Se le quiebra la voz cuando se llena de remembranzas, pero se muestra altiva y desafiante si habla del futuro. "Quiero ver un Gramalote nuevo, ojalá en la vereda La Valderrama –desde donde se ve la llanura de El Zulia–, donde mis discípulos respeten la naturaleza, donde los campesinos trabajen con más tecnificación y los jóvenes sean emprendedores, llenos de valores y vida".

Un mes luego del primer recorrido con Elva Marina para esta nota y casi tres meses después del desastre, su angustia se disipa. Tiene dos razones para ello: la primera, la evacuación y reubicación de los habitantes de Jácome por orden del Comité Departamental para la Atención de Desastres. Y la segunda, tras muchos intentos y pese a los rasguños en sus brazos –consecuencia de las labores de rescate– la familia está completa: tiene a 'Luisito' en casa.

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