Los desafíos de la reintegración de jóvenes desmovilizados

Foto de un cuerpo de persona desmovilizada, no se ve del torso para arriba. Al lado derecho de la foto hay otra imagen metida, de una mujer

Columna de opinión sobre reintegración de desmovilizados

25/01/2016
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Pocos meses faltan para que se concrete la firma del acuerdo final con las FARC, un hecho que de lograrse pondrá al país, como todos sabemos, ante un reto enorme. Parte de ese reto será reintegrar a un importante grupo de jóvenes a la vida civil que, a diferencia de los otros grupos poblacionales integrantes de las filas guerrilleras, tiene unas necesidades y condiciones específicas por la etapa de vida en la que está y por los efectos que tuvo en él su participación en el conflicto armado.

Según reportes internacionales, 60% de los combatientes que abandonan las armas están en entre 18 y 24 años de edad (Acosta, Gabrysch y Góngora, 2007), si Colombia sigue esa tendencia un buen número de desmovilizados estará en ese rango de edad con lo que ello significa: jóvenes con una doble condición de víctimas y victimarios, y de constructores y desestabilizadores de la paz, que requieren una atención particular para que su reintegración sea exitosa.

En el primer caso, su falta de agencia, por carecer de capacidades y oportunidades, los llevó al reclutamiento forzado, especialmente cuando siendo niños o adolescentes llegaron a las armas. Olvidar de manera obligada su identidad, abandonar a sus familias y cometer actos violentos bajo presión los convirtió en víctimas. También lo hizo la construcción social que se tiene en ciertas zonas y sectores del país de lo que se supone es ser hombre o mujer. Ese concepto que se tiene del género ha llevado a que las mujeres en las filas armadas sean abusadas sexualmente y encasilladas en los roles que se les dan en una sociedad patriarcal, y a que los hombres deban aceptar el papel de macho violento en el conflicto. Al dejar los Grupos Armados Ilegales (GAI) esa construcción de género se mantiene y entra en tensión con la pérdida de identidad, valores y estilo de vida; de igual forma, con la ruptura del grupo que era el sostén emocional.

En el segundo caso, la condición de constructores y desestabilizadores, se debe a que son potenciales motores de cambio. Las habilidades y los valores que traen consigo (respeto, disciplina, lealtad, por ejemplo) pueden ser encauzados para su beneficio y el de toda la nación. Igual sucede con los conocimientos que poseen sobre territorios desconocidos y sobre la situación política, social y económica de la Colombia olvidada. Es imperativo administrar esas fortalezas para su desarrollo humano y para el resto de los colombianos. De no hacerlo podrían ser fuertes desestabilizadores de la paz, como sucedió con las maras en Centroamérica.

Por consiguiente, abordar de manera efectiva los desafíos que impone al país la reintegración de este grupo etario implica reconocer los motivos que lo llevó a tomar las armas, así como a entender sus características particulares y la nueva nación que se desea construir. Pasa por comprender, como señalan Lara y Delgado (2010), que la experiencia de vida de los jóvenes desmovilizados –ligada a las lógicas de la guerra, los vínculos que construyeron, los referentes de identidad que tuvieron, los valores que apropiaron y los proyectos de vida que tejieron– opera en su tránsito hacia la vida civil. Por ello, varios autores insisten en señalar que la dimensión subjetiva de los jóvenes desmovilizados debe ser tenida en cuenta como un elemento esencial en su proceso de reintegración.

Investigadores, formuladores de políticas públicas y jóvenes consultados por Lara y Delgado (Ibídem), de la misma manera que otros estudios sobre las alternativas para consolidar la paz y, en especial, los planteamientos de la teoría de desarrollo humano de Martha Nussbaum, Amartya Sen (fundadores de la Asociación para la Capacidad y el Desarrollo Humano-HDCA, por sus siglas en inglés) y otros autores, dan orientaciones para cumplir con esa tarea.

El trabajo de grado ‘Reintegración de jóvenes desmovilizados -aportes al proceso desde el enfoque de capacidades’ entrega unos elementos en esa línea que buscan contribuir a las discusiones que se están dando sobre el manejo del posconflicto. Uno de ellos, que engloba la dimensión del desafío, es evidenciar la imperiosa necesidad de devolver a estos colombianos su dignidad como personas, brindándoles las oportunidades que no tuvieron para desarrollar las capacidades que les permitan ser y hacer lo que valoran; de esa manera lograrán su autonomía, su agencia. Implica garantizarles sus derechos como ciudadanos y uno de ellos, el principal por su etapa de desarrollo, es la identidad. La construcción de su identidad supone no desconocer quiénes son, las capacidades con las que retornan a la vida civil, la forma de potenciarlas y desplegarlas.

"Capacidades" puede parecer un campo muy amplio que, como argumenta Nussbaum (2005), debe llevarse a la práctica con el fin de lograr una medición de la calidad de vida y "la formulación de unos principios políticos básicos" (Nussbaum, 2005, p.30). En esa línea ella propuso en 2000 una lista de diez capacidades humanas básicas o centrales para una vida digna, partiendo de la "concepción de la dignidad del ser humano, y de la vida que es merecedora de tal dignidad" (Ibídem).

Como recuerda Alkire (2002) antes de esta lista otros autores trataron el tema con matrices o conjuntos de "artículos" o "ingredientes" de calidad de vida. Finnis desarrolló el concepto de valores humanos básicos entendidos como las razones para actuar que no necesitan más razón (1980); Max-Neef construyó una matriz de nueve necesidades humanas según categorías axiológicas (1986); Schwartz estableció diez valores humanos universales (1990); Doyal y Gough identificaron once necesidades intermedias (1993); Cummins determinó siete dominios de bienestar (1996) y Narayan encontró seis dimensiones también de bienestar a partir de las voces de personas en pobreza (2000). Dimensiones, valores, características… los hombres y mujeres preocupados por dar bienestar a la población se han esmerado por determinar qué se requiere para llegar a él.

A partir de los planteamientos mencionados ‘Reintegración de jóvenes desmovilizados -aportes al proceso desde el enfoque de capacidades’ propone una lista de ocho capacidades básicas que permitan equipar a los excombatientes con las "armas civiles" necesarias para que puedan hacerle frente a su nueva vida con un proyecto de vida éticamente valioso. Estas son: educación, salud, empleo, entretenimiento-recreación, agencia, seguridad, voz (participación-debate) y afiliación. Podrían llamarse, si a bien lo tienen quienes están en este tema, las capacidades para la paz.

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