Tristes notas desde La Chorrera

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Tristes notas desde La Chorrera

05/02/2016
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El origen: Ofelia y Lorenzo

Escribo las tristes historias de mi pueblo natal, que son inolvidables, la vida que vivieron mi padre y mi madre en su infancia. Mi madre, cuando contaban la historia de la cauchería, lloraba mucho; fue la época de su niñez, y también contaba historias del conflicto colombo-peruano; fue la época de su juventud. Mientras escribo estas tristes notas de historias de mis padres, caen gotas de lágrimas de mis ojos, como caen las gotas de lluvia en un atardecer…

Mi madre, Ofelia Yamacuri de Candré, y mi papá, el señor Lorenzo Candré. Ofelia fue su nombre de bautizo de la religión católica; su nombre tradicional fue Fairikoño, que quiere decir Pétalos de la Flor de la Caña Silvestre; era de la descendencia uitota, del clan invierno (friage); su pueblo era numeroso; hacían los ritos ceremoniales del baile de la tortuga (menizai); heredó de su padre el conocimiento de los ritos ceremoniales del juego de la pelota (uiki). Ofelia Yamacuri vivió desde 1915 hasta 1986.

Lorenzo, su nombre católico, fue bautizado en la iglesia San Donatín, en el pueblo de San Antonio de Isaac, en Brasil; su nombre tradicional fue Mogorotoi, que quiere decir Guacamayo Azul Sentado como la Mascota, de la etnia ocaina, del clan Tigre de Cananguichal. Él vivió desde 1908 hasta 1990.

Ofelia ignoraba los saberes de los ‘blancos’ (occidentales); no le importaba aprender el idioma castellano; decía que esos conocimientos no son de sus ancestros, de su tribu; decía que el idioma castellano es ajeno, de otra gente, idioma de gente “dañina que acabaron nuestra raza, acabaron a mi familia, por eso no tengo hermanos y hermanas, ni tíos ni tías”. Decía esas palabras y lloraba, recordando la época de su infancia y su juventud.

A su turno, Lorenzo Candré era cantor, historiador y también curandero. Le gustaba narrar mitos, cuentos y leyendas. Tanto su descendencia ocaina del clan Cananguichal como su padre ocaina y su madre muruiño jeiai (uitota de clan Chucha), y su abuelo, hacían ritos ceremoniales de canibalismo y de yadiko, y otros bailes de la cultura ocaina.

Anastasia (1962-2014). Anastasia Candré Yamakuri. Indígena ocaina - uitoto, clan Jikofo Kinéreni Tigre de Cananguichal. Nació en Adofiki (cordillera), en el corregimiento La Chorrera (Amazonas,Colombia), el 18 de julio de 1962. Sus padres fueron Lorenzo Candré, uno de los últimos sabedores nacidos antes del conflicto colombo-peruano, durante el tiempo de las caucherías, y Ofelia Yamakuri, indígena defensora de la vida tradicional, que nunca aprendió a hablar español. En 1985 se radicó en Leticia donde asumió un papel importante como intelectual indígena. Estuvo vinculada a la vida académica en la Universidad Nacional de Colombia. Falleció el 18 de mayo de 2014.

Cuando llegaron los blancos

Doña Ofelia y don Lorenzo contaban sus historias sobre lo que sucedió en sus comunidades, en donde vivieron, sobre sus territorios, los lugares sagrados, y sobre cómo vivía la gente antes de la llegada de los caucheros a La Chorrera. También contaban sobre los cambios brutales que hubo, sobre los maltratos de los caucheros, sobre cómo Julio César Arana hizo para llevar a los paisanos de La Chorrera, cuántos grupos étnicos perecieron de enfermedades como la fiebre, el sarampión y la varicela, entre otras tantas; sobre el trayecto de la espera y de la llegada de las lanchas peruanas a Centro Chorrera, para así poder llevarlos hacia el Perú…

Julio César Arana y su combo eran muy astutos, llevaron a nuestra gente obligados y engañándolos a un lugar ajeno y desconocido, tierra ajena de otros grupos étnicos, hacia el Perú, y cada grupo fue puesto en diferentes lugares de este territorio. Sin embargo, no fueron, se escaparon y huyeron hacia las cabeceras de los ríos buscando refugios para salvar sus vidas.

Esto ocurrió antes del conflicto colombo-peruano, aunque en realidad este conflicto hace parte de la historia de la gran bonanza del caucho. Ofelia decía textualmente:

“Odio a los blancos; cuando veo con armas en sus cuerpos, tengo recuerdo imborrable en mi corazón; tal vez me olvidaré hasta el día de mi muerte, pues llegamos a Nofiko (La Chorrera) cansados de caminar bajo el sol caliente. Me quedé parada en la orilla de un patio muy grande asombrada por ver mucha gente de diferentes etnias y diferentes clanes, pues nunca había visto a mucha gente. Para mí fue muy extraño; mi papá y mi mamá caminaron con apuro por miedo de que les dieran su garrotera, y yo me quedé mirando a la gente con la boca abierta. Cuando un señor blanco me silbó con rabia y de repente salió un perro grandote de color negro, se lanzó a morderme y me mordió mi cara, mis brazos, y también mordió a mi hermanito que lo llevaba cargado en mi espalda. El perro hirió a mi hermanito clavando sus colmillos en sus bracitos y sus piecitos y la cabeza; mi hermanito y yo nos bañamos con nuestra propia sangre; del susto y del dolor me quedé privada. Mi hermanito se enfermó y murió. Para los siringueros bárbaros blancos, la mordida del perro, al que llamaban Muchacho, era muy gracioso; se rieron y burlaron de mí. Llamaron a mi madre para darle latigazos… mi hermanito murió en la noche”.

El horror del caucho
En la primera década del siglo XX, el empresario peruano Julio César Arana fundó la Casa Arana y Hermanos para dedicarse a la explotación natural del caucho en vastas zonas de Putumayo en Colombia.En 1907 era un modelo empresarial y se llamó Peruvian Amazon Company, con sede en Londres.“En Colombia había sido cuestionada desde años atrás, cuando los caucheros colombianos habían solicitado de forma reiterada la protección del Gobierno colombiano para defender sus intereses, vulnerados, según su punto de vista, por los atropellos de la mencionada Casa…”.Sin embargo, los cuestionamientos e investigaciones vinieron de la mano de las denuncias hechas por un periódico británico sobre los vejámenes a que fueron sometidos los indígenas de la región, esclavizados, torturados y exterminados por la Casa Arana. Más de 40.000 uitotos y miembros de otros clanes murieron luego de ser obligados a trabajar, expuestos a hambrunas, maltratos y toda clase de enfermedades. “La publicación en el periódico londinense desató un escándalo internacional y la apertura de una investigación sobre la situación de la Casa Arana…”. Las pesquisas estuvieron a cargo de Roger Casement, cónsul inglés en Río de Janeiro, quien fue el encargado de dar cuenta de la realidad de los indígenas en The Putumayo Black Book, conocido como Informe Putumayo.
*Con información del libro 'La Casa Arana en el Putumayo', de Roberto Pineda Camacho.Nofiko, centro Chorrera

Fue el punto principal de recolección de las bolas y las planchas de caucho. Estos fueron los productos del trabajo de mis paisanos de diferentes grupos étnicos, y de mis abuelos, quienes trabajaron inhumanamente para que los caucheros y los compradores de la siringa se enriquecieran con el sudor ajeno.

El pago a cambio fue sangre, muerte, castigos, abusos y violaciones de los derechos humanos. En la Chorrera estaba el puerto Sur; era el segundo lugar de embarcación del caucho, que estaba ubicado aproximadamente a veinte o veinticinco kilómetros río debajo de Nofiko (La Chorrera).

Sur queda en territorio uitoto del clan Aimeni (garza). En este puerto vivía el cauchero peruano Odoño, tal vez era de apellido Ordónez. Él maltrataba a la gente castigándola duramente en el cepo, les pegaba con unos látigos de cuero que tenían bolas en cada punta del rejo. Ese señor era violador de mujeres jóvenes y bonitas. También se sabe que tenía como amantes a cinco mujeres uitotas con quienes tuvo hijos e hijas.

En este puerto el señor Ordóñez también obligaba a las mujeres a hacer trabajos pesados y las mandaba a castigar… Ofelia contaba que a las mujeres las castigaban bajo pleno rayo del sol. Cuando las mandaba a trabajar, formaba grupos a los cuales les dejaba tareas. Si el grupo no trabajaba fuertemente, las golpeaban y castigaban haciéndolas trabajar todo el día bajo el sol sin darles de comer ni beber, y sin ninguna compasión.

A veces algún familiar les brindaba agua a escondidas; si lo veían, también era castigado inhumanamente. De la misma manera, por orden de su marido, sus amantes castigaban y maltrataban a las demás mujeres sin consideración alguna, mientras que sus maridos trabajan sufriendo y buscando el árbol de la siringa.

Mi madre también me contó que su abuela decía: “Ya hemos sufrido por muchos tiempos, pero cada día la soberbia y la avaricia de algunos caucheros reinaba en sus corazones”. Así se refería al señor Miranda, a quien nuestros paisanos lo llamaban Mirada; a Normando, al que llamaban Noroma, y Fonseca, al que llamaban Joseca, entre otros.

Estos señores fueron grandes criminales que mandaban a maltratar y a matar a nuestra gente. Noroma era de estatura baja, su cuerpo grueso y en su cara se veía la maldad…

Regreso a La Chorrera

El regreso a La Chorrera fue un episodio muy grato, pero también fue un sentimiento de tristeza y de dolor. Algunos regresaron huérfanos, sin familias, otros se quedaron en Perú, algunos se quedaron en diferentes lugares del Putumayo, del río Caquetá y de Amazonas. Mi madre Ofelia contaba que a ella y su grupo los llevaron nuevamente a La Chorrera en época de invierno de la creciente, durante la cosecha de umarí verde, en la embarcación la Pichincha, llamada en lengua uitoto Pichicha. Según mi madre, se llenaron de alegría y de llanto, lloraron cuando el capitán de la nave dijo que estaban muy próximos a la llegada a La Chorrera.

Cuando se dio el toque de la corneta de la nave Pichincha, el primer toque fue muy fuerte; el segundo y tercero se tocaron al llegar a Puerto Arica, la bocana del río Igaraparana. Pichincha arrimó a Puerto Arica e hizo un saludo de honor a este puerto colombiano.

También contaba que cuando llegaron a La Chorrera, realmente se alegraron porque habían llegado a sus territorios de origen. Encontraron en los lugares que vivieron solo rastrojos, no encontraron nada, solamente una soledad. Empezaron a rastrojear buscando frutas para comer, y a trabajar rozando y tumbando el monte para hacer la chagra; aguantaron mucha hambre, la comida que dejaron los del Ejército era como un engaño, apenas para mitigar el hambre de unos cuantos días. Al principio, la gente realmente aguantó mucha hambre, comían semillas de pepa, mitos de cogollo de asaí, palma de milpeso y también comían semillas de pepa de umarí acompañadas de pescado y carne de monte asada, cocida y ahumada.

Sobre el libro

Título: ‘El paraíso del diablo Roger Casement y el informe del Putumayo, un siglo después’, se hizo para conmemorar el primer siglo de publicación del Informe Putumayo y reconocer su impacto en la historia del Amazonas y su gente.
Compiladores: Claudia Steiner Sampedro, doctora en estudios latinoamericanos de la Universidad de California en Berkeley; Carlos Páramo Bonilla, doctor en historia de la Universidad Nacional de Colombia y Roberto Pineda Camacho, doctor en sociología con especialidad en antropología de la Université de la Sorbonne Nouvelle – París.
ISBN: 978-958-774-051-6
ISBN e-book: 978-958-774-052-3
Editó: Universidad Nacional de Colombia y Ediciones Uniandes

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