Discurso de posesión del rector Pablo Navas

Discurso de posesión del rector Pablo Navas

 
Los que conocen mi manera de ver la vida y mis valores saben el enorme significado que esta ceremonia tiene para mí. Con la venia de algunos de los presentes, me atrevo a afirmar que la rectoría de la Universidad de los Andes es el cargo más importante al que un colombiano puede aspirar. Llego a esta posición con humildad y sencillez, y también con inmenso orgullo, entusiasmo y satisfacción. Soy consciente del honor que se me ha hecho con esta designación, y sobre todo de mi enorme responsabilidad con la comunidad uniandina y con el país entero.

A través de mi padre aprendí desde muy joven a respetar, a admirar y a querer esta Universidad. Aún lo recuerdo ingeniando estrategias para mantenerla a flote en compañía de Don Alberto Isaza y otros miembros del Consejo. Dirigirla como rector, desde el edificio Pedro Navas, magnifica el compromiso que hoy asumo. Algunos de ustedes entenderán por qué siento que hoy, mágicamente, empieza mi verdadero viaje al corazón de Los Andes.

Empiezo por dar gracias. Muchas gracias al Consejo Superior por haberme escogido como Rector y por el contundente apoyo que he recibido de todos y cada uno de sus miembros. A Diego Pizano, amigo de muchos años, gracias por sus generosas palabras. A los profesores y funcionarios de la Universidad, gracias por la calurosa acogida y por las manifestaciones de respaldo que he recibido.

A mi maravillosa familia —única, creo yo— gracias por el apoyo de siempre. Y, las más importantes... Gracias a Dios y a la Vida, en ese orden. Estas son tan evidentes, que no necesitan explicación.

La Universidad de los Andes es muy joven. Puede calificarse como recién nacida si se la compara con la de Bolonia, fundada en el siglo XI; o con la de Oxford, que data del siglo XII; o con Harvard, del siglo XVII. Incluso muchas de las universidades hispanoamericanas, como algunas de México y Perú, o el Rosario y la Javeriana aquí en Colombia, nos llevan más de trescientos años.

Es tan joven esta Universidad, que yo soy el primer rector nacido después de su fundación. Francisco Pizano nos recordaba recientemente que su tutor en Oxford le dijo un día: “señor Pizano: usted es el único fundador de una Universidad que yo haya visto que no sea un bronce.”

Menciono lo anterior solamente para reconocer aquí el formidable esfuerzo de tanta gente que ha consagrado su vida a la Universidad. Es gracias al trabajo de ellos que con tan sólo 63 años de existencia, Los Andes ocupe un lugar tan preponderante en el contexto nacional e internacional. Es muy halagüeño para mí contar con la presencia de cuatro de los fundadores: Francisco Pizano, Álvaro Castaño, Jaime Concha y Álvaro Escallón. Pido para ellos, para el fundador distinguido Mario Laserna y para todos los visionarios que se embarcaron en esta osada aventura, un fervoroso aplauso, pues merecen la gratitud eterna de Colombia.

Junto con ellos, los que estamos hoy reunidos en esta ceremonia también podemos sentirnos muy orgullosos de lo que es hoy la Universidad, de lo que ha logrado, de su capacidad de aportar a los jóvenes y al país, y de lo que de ella pueden esperar las futuras generaciones. Orgullosos sí, pero no satisfechos, y mucho menos condescendientes.

Al examinar las mejores universidades del mundo, tenemos la humildad y la inteligencia para entender que la distancia por recorrer es inmensa.

Colombia requiere un avance importante en la búsqueda de esquemas de desarrollo sostenible y mecanismos de innovación que mejoren nuestra competitividad.

También requiere colaboración efectiva en la lucha contra la pobreza, la desigualdad y en la búsqueda de la paz. Es por eso que solicita nuestro decidido apoyo, para impartir la mejor educación a ese pequeño pero excepcional grupo de estudiantes que la Universidad entrega cada semestre al país, con la esperanza de que sean profesionales idóneos, pero sobre todo excelentes ciudadanos. Tenemos una exigencia evidente, que es además bienvenida.

La actual presidenta de la Universidad de Harvard dijo hace tres años en su discurso al asumir el cargo: “Los discursos de posesión son de un género peculiar. Por definición son pronunciamientos de individuos que aún no saben de qué están hablando; en términos más amables”, sigue ella, “los podríamos describir como una expresión de esperanza aún no refutada por la voz de la experiencia”.
¡Pero no se alarmen demasiado! Lo anterior no es totalmente cierto en mi caso, pues uno de los frentes donde más ha trabajado la Universidad en los últimos diez años es en la consolidación de su denominado Programa de Desarrollo Integral. Su elaboración, diseño y seguimiento cuentan con la participación de toda la comunidad universitaria: miembros del Consejo Superior y del Académico, profesores, estudiantes, directivos y egresados tuvieron oportunidad de plasmar sus ideas sobre el futuro de la Universidad.

El producto de ese importante esfuerzo es un plan de acción muy bien estructurado y sólido. Se fijan allí unas metas claras con parámetros de evaluación y seguimiento, que le permitirán a la Universidad monitorear permanentemente su nivel de cumplimiento. Participé en la elaboración de este Programa de Desarrollo Integral como miembro del Consejo Superior, y por eso no sólo lo conozco a fondo, sino que comparto su espíritu. Mi reto es liderarlo y tratar de promoverlo con el celo, la dedicación y la lucidez que le imprimió el rector Angulo, para que mantenga su dinámica y efectividad.

Y sea este el momento de rendirle mi homenaje a Carlos Angulo. Seré breve y parco, pues conociendo el talante de Carlos, y después de tantos merecidos homenajes, sólo quiero reiterarle mis sentimientos de admiración, aprecio y agradecimiento. Para mí es un enorme reto sucederlo, Doctor Angulo, y mi tarea no será fácil. Por eso le agradezco que haya accedido a seguir prestando su concurso y su consejo, tanto a la Universidad como a mí.

En este punto quiero decir, sin embargo, que aunque Los Andes tenga ya un camino definido, un mapa trazado, siempre serán bienvenidas propuestas nuevas y transformadoras. El espíritu inquisitivo e innovador, tan característico de las instituciones universitarias, junto con los aires refrescantes que traen los cambios, deben ser aprovechados para cuestionarse nuevamente sobre temas profundos o sencillos que a veces permanecen estáticos con el transcurrir del tiempo. Todo esto a la luz de ese “debate permanente” que nos sugería el Doctor Angulo en su discurso de despedida.

A lo largo de la vida he desarrollado un gusto especial por la cartografía y los mapas, y en esta ocasión voy a tomarme la libertad, sólo por hoy, de referirme a este Programa de Desarrollo Integral como al mapa de la Universidad. En ese mapa podemos encontrar ahora su norte y sus accidentes y los distintos caminos que debemos tomar para alcanzar nuestro principal objetivo. Pero creo que, adicionalmente, la Universidad tiene una única oportunidad, si no una imperiosa obligación, de contribuir a que sus integrantes, y en especial sus estudiantes, dibujen sus mapas personales que los orienten a viajar por la vida. Mapas que les ayuden a sortear obstáculos difíciles, que los guíen en el manejo de circunstancias complejas y que los orienten en el servicio a los demás. Y que al trazar sus propios mapas, la Universidad les ofrezca la oportunidad de buscar luces en aquellos mapas que para ellos elaboraron los grandes forjadores de nuestra civilización y de nuestro país:

Los mapas de los Shakespeares, San Agustines, Gandhis, Sábatos, Platones o Gómez Dávilas. Los mapas de los Einsteins, Pasteurs, Humboldts, o Da Vincis. Los mapas de los Churchil, Mandelas, Bolívares o Lleras Camargos. El mapa de Gretel Wernher, el de Agustín Nieto Caballero o el de Don Ramón de Zubiria. El mapa de Mario Laserna o el de la madre Teresa de Calcuta. Los mapas de aquellos cartógrafos de la naturaleza humana y formadores de nuestra nacionalidad que harán que los suyos sean elevados pero sensatos, soñadores pero alcanzables.

Mapas a los que puedan acudir más tarde en su vida, cuando en la niebla de un amanecer incierto, el norte se vea confuso o las rutas precarias. Mapas que siendo coherentes con sus valores más profundos, les ayuden a encontrar su propia identidad. Mapas que dibujados desde la practicidad de la vida diaria, sobresalgan por su significado moral, intelectual y espiritual, y que a la postre, los hagan sentir que van por el camino correcto en la búsqueda de su propia felicidad.


Este Programa de Desarrollo Integral se basa en los dos grandes pilares sobre los que se construyó esta Institución desde su fundación, que son la enseñanza y la investigación. Ya lo advertía Don José María Chávez en el discurso de inauguración de la Universidad en 1949, cuando resumió, en términos de entonces, los ideales educativos de la Universidad de la siguiente manera:
 
1.   La transmisión de conocimientos adquiridos en épocas anteriores a los individuos de la época presente.
2.   La investigación y el descubrimiento de nuevos hechos y nuevas teorías científicas.
3.   La formación espiritual de los hombres para un cierto género de vida que se considera el ideal humano de nuestra cultura.
4.   El estudio científico de los problemas que da origen la vida en sociedad.

El mundo de hoy es más exigente que el de entonces y requiere que universidades como Los Andes aceleren su tránsito hacia universidades de investigación de primera categoría. Para lograr esta transformación se necesita audacia, persistencia y un esfuerzo institucional monumental. Es una apuesta intrépida y riesgosa que gustosamente acojo, pues estoy convencido de que el país la necesita y, además, que nunca nos perdonaría no haberla enfrentado.

La complejidad inherente al modelo de “Universidad de investigación” exige diversificar los ingresos, porque se van a necesitar, y en cantidades importantes. Resultaría muy difícil sostener una universidad de investigación únicamente con los ingresos de las matrículas. Intensificar la búsqueda de financiación complementaria es entonces inaplazable. Creo, para mi alivio, que la Universidad ya es consciente de la necesidad de trabajar muy pero muy duro en este campo.

Para que esta labor sea exitosa es necesario involucrar a todos los estamentos de la Universidad: Decanos, profesores, ex alumnos y, sobre todo, a los miembros del Consejo Superior. Ahora más que nunca resulta imprescindible estrechar vínculos con los sectores productivo y de servicios, con el sector público, con las organizaciones de la sociedad civil, con los filántropos. En fin, aprovechar todas las promisorias oportunidades que ofrece hoy nuestro país.

Ofrecer educación superior de alta calidad es muy costoso en todas partes del mundo, y requiere amplias y variadas fuentes de recursos. Debo resaltar la acertada decisión del Gobierno del Presidente Santos de invertir el 10% de las regalías en Ciencia y Tecnología,  apuntándole así al verdadero desarrollo de nuestra nación.

Vincular y retener a los mejores profesores, ojalá todos ellos con formación doctoral en las mejores universidades del mundo, demanda una enorme cantidad de recursos. No sólo me refiero al dinero que se necesita para que su remuneración esté acorde con su preparación académica, sino a la infraestructura, los laboratorios y al capital semilla que requieren para adelantar sus proyectos de investigación.

Además, para que la investigación avance con paso firme, es necesario fortalecer los programas doctorales. La Universidad cuenta actualmente con programas doctorales en casi todas las disciplinas que ofrece y sus profesores necesitan estudiantes que, a la vez que emprendan sus propias indagaciones, los asistan en sus investigaciones. Los estudiantes doctorales requieren apoyo financiero para cubrir los costos de matrícula y sostenimiento mientras adelantan sus estudios, y aunque Colciencias es de gran ayuda para ellos, es urgente buscar otras fuentes nacionales o internacionales de financiación.

Las buenas universidades estadounidenses de vocación investigativa, no debemos olvidarlo, nos han enseñado que en el camino de la investigación no se debe descuidar la calidad de la educación que se imparte en el pregrado. Resultaría inaceptable disminuir la calidad de la educación que ofrecemos por cuenta de la investigación, así como resultaría inaceptable también, dejar de lado la investigación por cuenta de la calidad de la docencia. El buen balance entre una educación de la mejor calidad y la investigación de alto nivel parece ser una combinación virtuosa, donde la una se nutre de la otra de manera positiva.

La calidad de la enseñanza siempre ha sido y seguirá siendo un aspecto primordial y distintivo de la Universidad de los Andes. Los estudiantes siempre han sido y seguirán siendo su razón de ser.

Permaneceré vigilante para que ninguna decisión que tome la Universidad vaya en contra de este planteamiento fundamental.

Otra característica de la educación que se imparte en Los Andes, que debemos estimular, es su interdisciplinariedad. Compaginar la Formación General con la preparación profesional ha sido un distintivo de la Universidad desde los tiempos de los fundadores. Las artes, las humanidades, las ciencias básicas y las ciencias sociales han estado siempre presentes en la formación de nuestros estudiantes, y tal vez por ello se habla de esa especial impronta uniandina.

La Universidad está ahora empeñada en desarrollar en sus estudiantes competencias específicas como razonamiento crítico y ético, competencias ciudadanas, y el buen manejo de la lengua materna. El Centro de Español, recientemente creado como resultado del excelente trabajo que lideró el vicerrector José Rafael Toro en el ámbito de la Educación General, es uno de los más interesantes esquemas para desarrollar esas competencias.

Infundir un comportamiento ético y recto ha sido otra obsesión de los fundadores y es un tema en el que pienso hacer especial énfasis. Enseñar ética es muy difícil, lo sé, y por eso desde ahora, solicito a los vicerrectores,  a los decanos, a los profesores y a los estudiantes que me ayuden a encontrar mecanismos eficaces y amables para inculcarla. Nada más pertinente en estos momentos, cuando por todo el país campea la corrupción.

La necesidad e importancia de brindar ayuda financiera a sus estudiantes, siempre ha estado presente en la Universidad. Con el objetivo de atraer a los mejores bachilleres colombianos, sin importar sus condiciones económicas, se diseñó en los últimos años un atractivo programa denominado “Quiero Estudiar” para apoyar estudiantes de pregrado de excepcional desempeño académico pero con escasez de recursos. Con razón Carlos Angulo siempre lo menciona como uno de los logros recientes más relevantes para la Universidad.

Personalmente le profeso un gran cariño y le he dedicado gran parte de las horas de mis últimos años, pues tengo la convicción de que en Colombia hay muchísimas mentes brillantes con férreas personalidades que no tienen posibilidad de evolucionar. Mentes tan brillantes que muchas veces ni siquiera necesitan que se les enseñe. Es suficiente permitirles estar en un ambiente amable, propicio y estimulante para su desarrollo. Y si, además, estas mentes pueden beneficiarse de los extraordinarios recursos que ofrece Los Andes, el resultado se anuncia maravilloso para ellos, para la Universidad y para el país.

En un tiempo relativamente corto, y gracias a la generosidad de muchos benefactores, esta Universidad ha logrado conformar un fondo patrimonial con cuyos rendimientos ha beneficiado cerca de 840 estudiantes de todas las regiones de Colombia.

Me habría encantado mencionar las personas y entidades que generosa y visionariamente, creo yo, han entendido que esta es la mejor forma de transformar el país. Quiero hacer hoy una especial mención de agradecimiento a los herederos de Don Enrique Cavelier, y a Don Julio Mario Santodomingo y a Don Carlos Pacheco Devia, recientemente fallecidos, cuya memoria quiso honrar la universidad dando sus nombres a dos de sus nuevos edificios. El beneficiario final de estas donaciones no es la Universidad. Son estos afortunados muchachos que encuentran en esta grandiosa oportunidad un cambio de vida para ellos y para sus familias.

Quiero ahora dirigirme a ustedes profesores y profesoras: son ustedes el alma de esta Institución y siempre lo han sido.

En su discurso de posesión como rector, Rafael Rivas decía: “Una institución nunca podrá ser superior a las personas que la integran, y de este  grupo de personas, lo fundamental es el núcleo profesoral y académico.”

Retomo estas sabias palabras pronunciadas aquí hace 29 años para reiterarles lo mucho que respeto su profesión, lo valioso que considero su oficio como docentes e investigadores y lo mucho que admiro su capacidad de influir en la vida de los estudiantes. De su trabajo interdisciplinario, fundamental para abordar mejor la complejidad del mundo contemporáneo y de Colombia, se esperan los mejores frutos.

Trabajen conjuntamente en la intersección de la música y la ingeniería, de la arquitectura y el derecho, de la literatura y la economía y en las tantas otras posibles combinaciones que sólo ustedes conocen, por lo mucho que han trasegado en ellas.

Convivir con jóvenes en esa etapa entre los 18 y los 25 años, llena de angustias e ilusiones, presiones y sueños, pero siempre estimulante y llena de energía e ilusión es, sin duda, un privilegio para ustedes, señores profesores. Sin embargo, conlleva una enorme responsabilidad y por ello mismo cabe recordarles que no es difícil pecar por omisión.

Se peca por omisión cuando se deja pasar la oportunidad de ofrecer una palabra de estímulo a un alumno, cuando se escapa el momento de tomar un tinto y simplemente de oírlo, cuando no se es generoso con el consejo o cuando se elude la posibilidad de influir en el fortalecimiento del carácter. Se peca por omisión cuando se desaprovechan esas oportunidades únicas de crear conciencia al instruir, de orientar al enseñar o de transmitir el placer en el servir. Y lo grave es que, simple y llanamente, estas oportunidades nunca vuelven.

¡Qué tarea más maravillosa la de educar! ¡Qué privilegio tener la oportunidad de penetrar en el maravilloso mundo del saber para mostrarles a los estudiantes cuán promisorio es su futuro por lo infinito de sus posibilidades!

Alberto Lleras concluyó su discurso de posesión como rector de esta misma Universidad, en otro noviembre hace 57 años, diciendo: “Nadie que haya hecho algo por la educación de un colombiano ha probado las aguas amargas de la ingratitud; nosotros tampoco las conoceremos”.

Por último, y para hablar de la responsabilidad que hoy asumo, quiero terminar con una analogía entre el rector de una universidad y el director de una orquesta sinfónica, analogía que no soy el primero en expresar. El objetivo principal del director de orquesta es lograr que todo ese enorme talento individual de los intérpretes sume y suene como un todo. Para lograrlo, además de contar con una gran preparación y una excelente actitud de los músicos, tiene que acudir a la persuasión, al rigor, a la exigencia, para que el resultado final deleite no sólo a los espectadores, sino que satisfaga también a sus colegas intérpretes y hasta a la crítica del día siguiente. No siempre le toca a él escoger el programa, pero aunque no sea él quien lo escoja, siempre debe asegurarse de que todos los miembros de la orquesta den lo mejor de sí en cada partitura, para que el día del concierto, o el día de una grabación que queda registrada para siempre, la música suene maravillosamente.

Pero también, apropiándome de los planteamientos de Frank Rhodes, expresidente de la Universidad de Cornell, en muchas oportunidades la analogía debe establecerse con el director de un grupo de jazz. Con la misma actitud y el mismo rigor, este director debe detenerse y esperar a que una parte de la orquesta, o alguno de los intérpretes, saque a flote todo su talento y su pasión en una improvisación nunca oída. El director debe asegurarse de que exista ese espacio que estimule improvisaciones educadas y virtuosas, que sin perder esa disciplina fundamental que exige la excelencia, se salgan de la partitura en aras de la libertad, la independencia y la creatividad.

Para el bien de Colombia, le pido a Dios que en esta querida Universidad se oiga muy buena música por muchos, muchos años.

Muchas Gracias.

Ver perfil de Pablo Navas

Contacto

Si desea contactarse con la oficina de Rectoría de la Universidad de los Andes, puede hacerlo a:
 
rectoria@uniandes.edu.co
Tels: +571 3394949 - +571 3394999
Universidad de los Andes
Carrera 1 N° 18A 12 Bogotá, (Colombia)
 
Con gusto recibiremos su mensaje y le responderemos a la mayor brevedad.

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